miércoles, 28 de diciembre de 2011

“NUNCA PENSÉ QUE EL GOL Y YO PUDIÉRAMOS SER AMIGOS, PERO UN DÍA HICIMOS AMISTAD”

Todos somos dueños de algunas pequeñas grandes victorias personales.

Yo viví una de esas hace algunos años. Jugar futbol ha sido desde niño unas de mis grandes pasiones, no puedo describir bien lo que desde entonces disfruto participar en un partido, pero basta decir que soy capaz de dejar cualquier cosa por ir a jugar y de recorrer cualquier distancia para meterme en una cancha, de postergar cualquier cita.

Por desgracia, mi pasión y disfrute del futbol pocas veces ha estado a la altura de mi nivel de juego. En los partidos oficiales por lo regular he pasado más tiempo en la banca, que en la cancha.

Pero un día el futbol me hizo un regalo que guardo como un grato recuerdo y que me sirve de inspiración cuando me enfrento a algo que aparenta ser más fuerte que mis capacidades, o que representa una barrera que nunca he vencido en mi vida.

Vamos a contar la historia del equipo Real Sociedad, que integramos en su mayoría compañeros de trabajo en el periódico El Norte. Ya entrados los 30 años de edad, hasta entonces sumaba yo alrededor de tres goles anotados, si contamos todos los partidos oficiales que había disputado desde la infancia.

La gran anécdota consiste en que me despedí de ese equipo con más o menos 24 tantos en casi la misma cantidad de partidos, para un promedio de casi un gol por juego. ¿Cómo sucedió esto?

Vamos a decir que fue una mezcla de coraje y confianza, de compañerismo, de unión de equipo. Todo comenzó en un partido en el Parque Río, en el que algunos compañeros me estaban echando en cara mi pobre nivel, tanto así que estaba pensando más en evitar sus reclamos que en concentrarme en el partido. El resultado de esa desconcentración fue que hice un autogol y cometí una falta que me hizo merecedor a una tarjeta que me hizo salir del partido.

Tras ese suceso le hice ver a un compañero que no era la manera de apoyar a quienes ellos consideraban con un nivel menor. Así que al siguiente partido salí con coraje a jugar, y para mi sorpresa anoté un gol, el primero de una larga cadena.

Y al siguiente volví a anotar. Entonces empecé a darme cuenta de una virtud de la que siempre he sido consciente, pero a la que pocas veces he apostado mi confianza: mi potencia física para arrancar o detenerme en fracciones cortas de tiempo y de espacio.

También a mi capacidad de leer el juego, de entender cómo se están moviendo mis compañeros y los defensas, y que me permite moverme en el momento justo para quedar solo y poder tirar a gol. Razoné que con eso podía suplir en algo mis deficiencias técnicas.

Me di cuenta de que lo que me faltaba era ganarme la confianza de mis compañeros para que me dieran el balón, y serenidad para definir ante el portero. Aún el resto de los jugadores no confiaba en mí, pero conté con el apoyo de nuestro portero, el Chango Ledezma (hoy comentarista de Televisa), al que respetaban los demás por ser una buena persona y tener liderazgo y conocimiento del juego.

El Chango trataba de incluirme en la alineación e influía para que no me sacaran aún cuando en apariencia no estaba produciendo, sabiendo que en algún momento podía quedar solo y tener la oportunidad de anotar.

Así, los goles empezaron a llegar. Me empezaron a meter de titular y también comencé a romper barreras que nunca había traspasado. Nunca había anotado dos goles en un mismo partido y lo realicé en dos o tres ocasiones; tampoco había hecho tres tantos en un mismo juego, y lo realicé; me di, incluso, el lujo de anotar un gol de taquito, estilo Silvera, pero al ras del piso.

Mi motivación llegó a tal grado que mientras realizaba mi labor como reportero les preguntaba a los jugadores algunos tips sin decirles para qué los quería: así, Carlos Ochoa me compartió lo importante que es la confianza, porque de ahí provienen las buenas o las malas rachas. Cuando un delantero posee confianza dispara en el momento justo para anotar, y cuando no, se apresura o tira tarde y eso le permite al portero cerrarle el ángulo.

Recordé también algunas recomendaciones que había escuchado y las puse en práctica. El Abuelo Azuara, ex delantero de Tigres, me hizo ver una virtud que él y Silvera tenían en común, que era saber que las porterías están diseñadas para que siempre haya un lugar a donde el portero no va a llegar, por eso antes de disparar hay que detenerse unas fracciones de segundo para detectar ese sitio y mandar el balón allí.

O los consejos del Abuelo Cruz para abrir espacios: ir en contra el flujo de la jugada, si la jugada va a la derecha, jálate a la izquierda, si los defensas van corriendo hacia adelante, frénate y da unos pasos hacia atrás.

Antes de todo esto, mi autoestima era baja como jugador, como sabía que por lo regular era el primero al que sacaban, antes de verme en esa pena, yo mismo me ofrecía para salir cuando venía a alguien de los compañeros estar en la línea queriendo ingresar.

Pero un día cambié esa programación. Perdíamos 1-0 ó 2-0, y no me llegaba el balón, y cuando vi a un compañero, en la línea estuve a punto de ofrecerme para salir. Pero dije, “eso representará decirme a mí mismo que no soy capaz”, y me quedé en la cancha.

La recompensa llegó. En pocos minutos anoté dos goles y cambió el panorama para el equipo. Uno de esos tantos lo recuerdo en especial. Iba corriendo pegado a un defensa, y de pronto me frené en el área.

El rival siguió de la largo y mi compañero (Willie Vanegas) me sirvió el balón, luego finté que iba a fusilar, por lo que el portero se tiró, y de zurda, apenas si toqué el esférico que entró lentamente superando también a un defensa que junto a la línea igual había sido engañado esperando el tiro potente.

A aquel equipo creo, que quienes pertenecimos a él, lo recordamos con mucho cariño. Porque además comenzamos recibiendo goleadas de hasta 8-0 y terminamos el ciclo llegando a una Semifinal.

Ya en esa Semifinal también estuve a punto de romper una barrera personal más, lo que habría mandado el partido a tiempos extra: anotar un gol de cabeza (hasta ahora nunca lo he hecho en un juego oficial). Un centro de Gil Chávez me encontró en el segundo poste, le dije “sí” al balón con la frente. Me pareció una eternidad el viaje del esférico, tuve la seguridad de que entraría, pero se estrelló en la base del poste. En el contrarremate Daniel Abad puso el balón en el travesaño.

La Real Sociedad representó además un ejemplo de compañerismo y amistad, de compartir objetivos y solidaridad, porque así como yo, otros jugadores también subieron su nivel.

Representó un ejemplo de cómo, cuando te sientes apoyado, de que cuando sabes que tus compañeros te aprecian y confían en ti, y festejan cada logro individual del resto como si fuera de ellos mismos, por lo regular llegas más lejos (como individuo y como grupo) de lo que pensamos.

Al inicio del tercer torneo que jugábamos, había anotado yo cuatro goles en tres o cuatro partidos. Cuando me asomé al vidrio en el que la Liga Cruz Azul de la Avenida Constituyentes de Nuevo León publicaba sus estadísticas, no podía creer que estuviera compartiendo el liderato o subliderato de goleo con otros dos jugadores.

Me quedé un rato viendo mi nombre y quizá preguntándome si en realidad era yo. Un viaje de trabajo me impidió seguir en ese torneo y luego por razones de organización la Real Sociedad dejó existir.

Pero quedó grabado para siempre al menos, en mi memoria, aquel equipo liderado por Javier Morales y Carlos Ledezma, y que integraban, entre otros, Raúl Villarreal, Fernando y Willie Vanegas, Enrique Fortuna, Roberto Flores, Daniel Abad, Martín Aguilar, Gil Chávez, Sebastián Moreno.






















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