Algunas veces he escuchado decir que los periodistas no disfrutamos de ciertos eventos deportivos porque los vivimos como un trabajo y no como aficionados.
La Final del pasado 11 de diciembre del 2011, mientras las tribunas del Estadio Universitario explotaban de júbilo por la victoria de los Tigres que ponía fin a 29 años sin un título de Liga, en el palco de prensa se vivía un ambiente de seriedad, en el que la mayoría de los reporteros se encontraban sumergidos en el mar de su computadora o algunos habían corrido en busca de ingresar a la cancha para realizar las entrevistas.
En lo particular, si a mí me dieran escoger entre haberlo vivido como aficionado o como periodista, escogería hacerlo del lado de la prensa.
Me atrevo a decir que los periodistas sí disfrutamos los eventos, pero lo hacemos de otra manera. Para quienes les toca realizar la crónica, las entrevistas o la nota de ambiente, el paso del reloj en cuenta regresiva hacia el final, significa el surgimiento de cierta adrenalina relacionada con la necesidad de enviar la nota a tiempo y no entorpecer los horarios de cierre o de edición.
En ese momento luchan las emociones que despiertan el ambiente que se viven en el estadio con las que genera la cobertura periodística.
Ese día 11 de diciembre lo viví con algo de ansiedad, producto de tratarse de una fecha histórica que uno sabía marcaría a cada una de los más de 40 mil personas que asistimos al estadio y de los cientos de miles, o quizá millones que le vieron por televisión.
El temor infundado de que algo pase y que por alguna razón uno no pueda asistir al partido, a veces aparece cuando reflexiona acerca del momento histórico que representa el primer campeonato de los Tigres en 29 años.
“¡Vamos Ti-ge-res te queremos ver campeón otra veeez!”, fue el grito que nos instaló de una vez por todas en el ambiente de la Final quizá una hora antes del partido, mientras el palco de prensa empezaba a poblarse y también los distintos sectores del Universitario.
Los gritos, los cantos, el color, en medio de una fresca noche y una ligera brisa, podría encuadrarse en una palabra: conmovedor, como lo escribí en Facebook, en los comentarios que compartí previo y durante el primer tiempo del partido.
El partido vivió varios episodios. El penal, la expulsión del portero del Santos, Osvaldo Sánchez, la falla de Lucas Lobos y el gol anotado por Oribe Peralta que empató el marcador global. En muchas personas se revivieron los fantasmas de eliminaciones anteriores y en otros, como en mí, el temor de no ser testigo en esta ocasión del campeonato que acabara con 29 años de decepciones.
Por fortuna, llegaron los goles Héctor Mancilla, Danilinho y Alan Pulido que poco a poco fueron transmitiendo la certeza de que ahora sí la espera había terminado.
Cuando digo que los periodistas disfrutamos de otra manera los espectáculos deportivos, lo digo porque mientras los aficionados descargan su júbilo en la tribuna, los reporteros lo hacen a través de la adrenalina y la descarga de emociones que produce el acto de escribir o narrar algún hecho.
Además, siempre quedarán en la memoria las expresiones, las palabras de los protagonistas antes y después del partido. También representan una experiencia distinta las charlas con los colegas de profesión, los de casa, que hemos compartido años de vivencias, y con los de afuera, los enviados de otras ciudades, cuyas palabras nos dan una perspectiva de cómo nos observan a la lejanía.
En fin, un periodista posee la necesidad de vivir experiencias, de acercarse a los hechos, de generar emociones propias y de entender las de los demás.
Haber sido testigos muy de cerca el partido Final en que Tigres logró su tercera estrella y haber andado entre las calles presenciando la alegría de la afición, ha sido una bendición para todos los reporteros estuvimos esa tarde-noche.
Todos los que estuvimos ese día en el palco de prensa algún día podremos escribir y reflexionar de eso que vivimos, algunos compañeros de viaje en parte importante de ese largo sendero que duró 29 años.
En lo personal, quedará grabado para siempre en mi memoria que después de mandar la crónica, bajé algunos escalones en el palco de prensa y, mientras la brisa fresca golpeaba mi cara, me quedé observando el espectáculo del festejo, de la entrega de la copa y la vuelta olímpica.
Había abrazos, euforia, en la tribuna y en la cancha, seguramente lágrimas también, y se escuchaban los fuegos pirotécnicos que explotaban en el cielo, como si fuera un Año Nuevo.
Me quedé en silencio queriendo grabar en mi memoria cada detalle que mis ojos observaban. En silencio para que nada me impidiera escuchar aquella algarabía, pero al mismo tiempo buscando a alguien a quién expresarle aquellas emociones.
Giré mi cabeza en busca de alguien con quién hablar, pero fue en vano, porque el resto de los periodistas que quedaban, tenían su mirada puesta en la computadora.
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