lunes, 17 de octubre de 2011
viernes, 14 de octubre de 2011
LA PELOTA BOFA
Antes de abrir los regalos, yo, que ahora estoy viejo y cansado, quiero contarles una historia...
Cuando bajó del camión aquella Noche Buena, no me impresionaron tanto ni la tristeza infinita de sus ojos, ni la dureza inmutable de su rostro.
Elisa Acosta iba aferrada al brazo de su madre, pero sobre todo a una pelota bofa, que defendió a mordidas cuando su tío, que las esperaba en el andén, intentó cambiársela por una muñeca de trapo, de vestido azul turquesa y trenzas de indígena.
Los ojos cristalinos de la niña se tornaron en el rojo ardiente del demonio y fue necesario sedarla para separarla de la carne viva en que convirtió el brazo de Seferino Acosta.
Tenía Elisa entonces 10 años de edad. Yo también era un niño y lo vi todo, dormía esa noche en uno de los rincones de la Central de Autobuses.
Yo también tenía una pelota bofa y el episodio sucedió mientras esperaba ver a Santa Clos iluminar aquella cerrada noche con su trineo y sus renos, a través de los rieles olvidados que venían de la Estación del Golfo.
En cambio, en aquel espectáculo de tejabanes y silbatos de fábricas incipientes, apareció ella para siempre.
La pelota bofa y una firma estampada era lo que quedaba de aquella tarde en que su padre murió aplastado entre los pies de la multitud enardecida porque el Atlético Santa Cruz fue humillado por el Bachilleres en su natal Campeche.
Elisa tenía cinco años menos y jugueteaba en la tribuna con la pelota de futbol, que su padre, Ezequiel Acosta, le había regalado la Navidad anterior con el sueño de verla consagrarse algún día en la Selección Femenil de México, a falta de hijos varones.
La tragedia comenzó cuando el Bachilleres anotó el quinto gol y la barra local intentó meterse a la cancha para defender el honor del Santa Cruz, la marea humana comenzó a asfixiar a los que estaban cerca del enrejado y a pisarlos, como a Ezequiel, la niña se salvó pasando de mano a mano entre los buenos samaritanos que la sacaron del peligro con su pelota aferrada al pecho.
Como consuelo, el día del funeral, el legendario goleador Luis "Nutria" Ortiz le estampó la firma en la pelota, que, como el eterno estado atónito y melancólico de su rostro, la acompañó a medida que el tiempo iba borrando la tinta y vaciando el fresco aire, dejando a la redonda haciendo pucheros y con un olor a putrefacción en el vientre.
Elisa y su madre, Esthela Vigil, se instalaron con sus tíos por el barrio de la Industrial, pegado a la Central Camionera, y pronto la niña de la pelota bofa creció entre los campos de la colonia Asarco, donde empezó a tocar el balón de tres dedos y a hacer realidad el sueño de su padre de jugar al futbol.
Sólo en la cancha la niña perdió el rostro incómodo y la mirada herida, sólo en el campo de juego se separó de aquella pelota bofa que le aguardaba en el morral. Pocos le oyeron hablar alguna vez.
Pronto el desafío de las demás niñas le quedó corto a la inspiración de su juego y a la potencia de sus piernas, por lo que buscó nuevos derroteros en los partidos de los niños, quienes la veían con esa mezcla de desdén y temor por el escarnio público al que podían ser sometidos por un dribling de Elisa.
Ya hecha Elisa una adolescente, doña Esthela se opuso a que siguiera compartiendo el juego con los muchachos, como se había opuesto aquella tarde a que Ezequiel y su niña fueran al estadio Don Bosco a ver el partido del Santa Cruz, en medio de los rufianes de la barra.
Un día Elisa no volvió al campo ni se le vio jamás por la colonia... nunca supimos a dónde fueron ella y su pelota.
Cuando voy por la calle y veo una pelota desinflada o partida en gajos, me acuerdo de ella, volteo a mi alrededor por si acaso anda por ahí, con sus ojos cristalinos y la dureza imperturbable de su rostro.
Por eso, en esta Navidad, quiero regalarles ésta mi pelota bofa, que dormía conmigo aquella Noche Buena en que vi a Elisa bajar del autobús de la mano de su madre y que al paso de los años perdió algo más que al aire, pero nunca la inocencia.
Cuando bajó del camión aquella Noche Buena, no me impresionaron tanto ni la tristeza infinita de sus ojos, ni la dureza inmutable de su rostro.
Elisa Acosta iba aferrada al brazo de su madre, pero sobre todo a una pelota bofa, que defendió a mordidas cuando su tío, que las esperaba en el andén, intentó cambiársela por una muñeca de trapo, de vestido azul turquesa y trenzas de indígena.
Los ojos cristalinos de la niña se tornaron en el rojo ardiente del demonio y fue necesario sedarla para separarla de la carne viva en que convirtió el brazo de Seferino Acosta.
Tenía Elisa entonces 10 años de edad. Yo también era un niño y lo vi todo, dormía esa noche en uno de los rincones de la Central de Autobuses.
Yo también tenía una pelota bofa y el episodio sucedió mientras esperaba ver a Santa Clos iluminar aquella cerrada noche con su trineo y sus renos, a través de los rieles olvidados que venían de la Estación del Golfo.
En cambio, en aquel espectáculo de tejabanes y silbatos de fábricas incipientes, apareció ella para siempre.
La pelota bofa y una firma estampada era lo que quedaba de aquella tarde en que su padre murió aplastado entre los pies de la multitud enardecida porque el Atlético Santa Cruz fue humillado por el Bachilleres en su natal Campeche.
Elisa tenía cinco años menos y jugueteaba en la tribuna con la pelota de futbol, que su padre, Ezequiel Acosta, le había regalado la Navidad anterior con el sueño de verla consagrarse algún día en la Selección Femenil de México, a falta de hijos varones.
La tragedia comenzó cuando el Bachilleres anotó el quinto gol y la barra local intentó meterse a la cancha para defender el honor del Santa Cruz, la marea humana comenzó a asfixiar a los que estaban cerca del enrejado y a pisarlos, como a Ezequiel, la niña se salvó pasando de mano a mano entre los buenos samaritanos que la sacaron del peligro con su pelota aferrada al pecho.
Como consuelo, el día del funeral, el legendario goleador Luis "Nutria" Ortiz le estampó la firma en la pelota, que, como el eterno estado atónito y melancólico de su rostro, la acompañó a medida que el tiempo iba borrando la tinta y vaciando el fresco aire, dejando a la redonda haciendo pucheros y con un olor a putrefacción en el vientre.
Elisa y su madre, Esthela Vigil, se instalaron con sus tíos por el barrio de la Industrial, pegado a la Central Camionera, y pronto la niña de la pelota bofa creció entre los campos de la colonia Asarco, donde empezó a tocar el balón de tres dedos y a hacer realidad el sueño de su padre de jugar al futbol.
Sólo en la cancha la niña perdió el rostro incómodo y la mirada herida, sólo en el campo de juego se separó de aquella pelota bofa que le aguardaba en el morral. Pocos le oyeron hablar alguna vez.
Pronto el desafío de las demás niñas le quedó corto a la inspiración de su juego y a la potencia de sus piernas, por lo que buscó nuevos derroteros en los partidos de los niños, quienes la veían con esa mezcla de desdén y temor por el escarnio público al que podían ser sometidos por un dribling de Elisa.
Ya hecha Elisa una adolescente, doña Esthela se opuso a que siguiera compartiendo el juego con los muchachos, como se había opuesto aquella tarde a que Ezequiel y su niña fueran al estadio Don Bosco a ver el partido del Santa Cruz, en medio de los rufianes de la barra.
Un día Elisa no volvió al campo ni se le vio jamás por la colonia... nunca supimos a dónde fueron ella y su pelota.
Cuando voy por la calle y veo una pelota desinflada o partida en gajos, me acuerdo de ella, volteo a mi alrededor por si acaso anda por ahí, con sus ojos cristalinos y la dureza imperturbable de su rostro.
Por eso, en esta Navidad, quiero regalarles ésta mi pelota bofa, que dormía conmigo aquella Noche Buena en que vi a Elisa bajar del autobús de la mano de su madre y que al paso de los años perdió algo más que al aire, pero nunca la inocencia.
miércoles, 12 de octubre de 2011
EL ERROR, UN CAMINO A LA VERDAD
No temas al error, es más, equivocate todas las veces que sean necesarias, respetando tus valores básicos (no importa si alguien te crítica, se ríe de ti o te menosprecia), la experimentación es la manera de encontrar las respuestas correctas. Eso sí, trata de no cometer el mismo error dos veces, porque el que no aprende de la historia se ve obligado a repetirla.
APRENDIENDO A APRENDER
Es muy importante adquirir información, pero lo que realmente marca diferencias es la capacidad de aprender a aprender, de quitarnos todos los condicionamientos mentales y poder abrirle la puertas a toda sabiduría que pueda enriquecer nuestra persona.
martes, 11 de octubre de 2011
¿PARA QUÉ SIRVE EL FUTBOL?
César Vargas
Siempre me he preguntado por qué un resultado de futbol puede hacer que una persona regrese triste a casa o pase amargado todo el día o toda la semana.
El futbol mueve demasiados sentimientos y es capaz de darnos grandes alegrías o grandes tristezas. No puedo olvidar una de las más grandes tragedias de las que fui testigo en mi andar como reportero.
Sucedió ... la tarde del 12 de junio del 2002, durante la cobertura de la Copa del Mundo Corea-Japón. El escenario, el Estadio Miyagi en la hoy devastada prefectura de Sendai en Japón. Argentina enfrentaba a Suecia en partido de la última fase de grupos y estaba obligada a ganar para asegurar el boleto.
La albiceleste llegaba con la etiqueta de favorito para ganar la Copa del Mundo y el país en medio de una de las peores crisis económicas de todos los tiempos. Para millones de argentinos era la esperanza de respirar una poco de felicidad y de rescatar su maltrecho orgullo de la mano del deporte que les ha dado identidad en el planeta.
Pero Argentina apenas si pudo empatar. Debo reconocer que al silbatazo final y con el cursor de la computadora parpadeando en el palco de prensa, listo para escribir, me quedé unos momentos (no muchos porque desde México la presión era fuerte para mandar la crónica como máximo 15 minutos después de terminado el juego) presenciando una escena que se quedó para siempre en mi memoria.
Los jugadores yacían como soldados en el campo juego, algunos con lágrimas, el técnico Marcelo Bielsa miraba al piso, en la tribuna los aficionados que viajaron hasta oriente estaban destrozados.
Tuve tiempo para mirar a los periodistas argentinos que estaban a mi lado. Inconsolables, sin ganas de oprimir una tecla. Entonces imaginé a los millones de argentinos en casa, que tras la desilusión habían vuelto a sentir sus bolsillos vacíos, pues en resultado les había regresado a la realidad de la bancarrota en que se encontraba su país. Así lo escribí en la crónica que mandé esa tarde.
Seis años antes vi otra escena trágica. Aquella vez en el Estadio Universitario de Monterrey, un mediodía de mayo en que los Tigres descendieron a la Primera A, en el Clásico ante los Rayados.
Los aficionados en la tribuna estaban devastados, muchos con lágrimas escurriendo sobre la cara.
Durante mucho tiempo, incluso hasta el momento de iniciar este artículo, me pregunté si era para tanto y hasta subestimé las emociones de esos aficionados.
Me preguntaba entonces si en realidad se trata de partidos de futbol que no trascienden más allá en nuestras vidas, por qué muchos fanáticos eran capaces de convertir el resultado de un partido en una tragedia personal.
Pero a medida que fueron acomodándose los párrafos, recordé que alguna vez escuché en un video al Premio Nobel Mario Vargas Llosa preguntarse para qué sirve la literatura.
Respondió más o menos así. “Sirve para que el ser humano encuentre en la literatura la vida que no puede vivir en el mundo real”.
Entonces me pregunto: ¿Para qué sirve el futbol? Y me respondo, quizá para descargar las emociones que debemos dejar contenidas en el diario vivir, para olvidarnos por un momento de nuestras desgracias y ser en las tribunas de un estadio las personas que no podemos ser durante el resto del tiempo.
O alcanzar a través de nuestro equipo las hazañas y hasta las derrotas de las que quisiéramos ser protagonistas en nuestro andar por el mundo, y saber que somos alguien y no una estadística en esto llamado sociedad.
Una pregunta más: ¿Para qué sirve el futbol en estos momentos en que la ciudad de Monterrey vive su peor momento en muchísimos años?
Siempre me he preguntado por qué un resultado de futbol puede hacer que una persona regrese triste a casa o pase amargado todo el día o toda la semana.
El futbol mueve demasiados sentimientos y es capaz de darnos grandes alegrías o grandes tristezas. No puedo olvidar una de las más grandes tragedias de las que fui testigo en mi andar como reportero.
Sucedió ... la tarde del 12 de junio del 2002, durante la cobertura de la Copa del Mundo Corea-Japón. El escenario, el Estadio Miyagi en la hoy devastada prefectura de Sendai en Japón. Argentina enfrentaba a Suecia en partido de la última fase de grupos y estaba obligada a ganar para asegurar el boleto.
La albiceleste llegaba con la etiqueta de favorito para ganar la Copa del Mundo y el país en medio de una de las peores crisis económicas de todos los tiempos. Para millones de argentinos era la esperanza de respirar una poco de felicidad y de rescatar su maltrecho orgullo de la mano del deporte que les ha dado identidad en el planeta.
Pero Argentina apenas si pudo empatar. Debo reconocer que al silbatazo final y con el cursor de la computadora parpadeando en el palco de prensa, listo para escribir, me quedé unos momentos (no muchos porque desde México la presión era fuerte para mandar la crónica como máximo 15 minutos después de terminado el juego) presenciando una escena que se quedó para siempre en mi memoria.
Los jugadores yacían como soldados en el campo juego, algunos con lágrimas, el técnico Marcelo Bielsa miraba al piso, en la tribuna los aficionados que viajaron hasta oriente estaban destrozados.
Tuve tiempo para mirar a los periodistas argentinos que estaban a mi lado. Inconsolables, sin ganas de oprimir una tecla. Entonces imaginé a los millones de argentinos en casa, que tras la desilusión habían vuelto a sentir sus bolsillos vacíos, pues en resultado les había regresado a la realidad de la bancarrota en que se encontraba su país. Así lo escribí en la crónica que mandé esa tarde.
Seis años antes vi otra escena trágica. Aquella vez en el Estadio Universitario de Monterrey, un mediodía de mayo en que los Tigres descendieron a la Primera A, en el Clásico ante los Rayados.
Los aficionados en la tribuna estaban devastados, muchos con lágrimas escurriendo sobre la cara.
Durante mucho tiempo, incluso hasta el momento de iniciar este artículo, me pregunté si era para tanto y hasta subestimé las emociones de esos aficionados.
Me preguntaba entonces si en realidad se trata de partidos de futbol que no trascienden más allá en nuestras vidas, por qué muchos fanáticos eran capaces de convertir el resultado de un partido en una tragedia personal.
Pero a medida que fueron acomodándose los párrafos, recordé que alguna vez escuché en un video al Premio Nobel Mario Vargas Llosa preguntarse para qué sirve la literatura.
Respondió más o menos así. “Sirve para que el ser humano encuentre en la literatura la vida que no puede vivir en el mundo real”.
Entonces me pregunto: ¿Para qué sirve el futbol? Y me respondo, quizá para descargar las emociones que debemos dejar contenidas en el diario vivir, para olvidarnos por un momento de nuestras desgracias y ser en las tribunas de un estadio las personas que no podemos ser durante el resto del tiempo.
O alcanzar a través de nuestro equipo las hazañas y hasta las derrotas de las que quisiéramos ser protagonistas en nuestro andar por el mundo, y saber que somos alguien y no una estadística en esto llamado sociedad.
Una pregunta más: ¿Para qué sirve el futbol en estos momentos en que la ciudad de Monterrey vive su peor momento en muchísimos años?
JESÚS ARELLANO, EL HINCHA-JUGADOR
Se retira un jugador que alcanzó tres campeonatos de Liga con el Monterrey y disputó la misma cantidad de Copas del Mundo.
El Kabrito llenó su palmarés de logros, pero hizo mucho más, algo igual o más de difícil, se acercó estrechamente a las sensaciones del futbolista amateur, ese que en el barrio goza de la magia de un quiebre, un sombrerito o una jugada de tacón, y que el fin de semana acude al estadio a gritar por los colores de su equipo.
César Vargas
El retiro de Jesús Arellano es también un adiós a algo de la alegría, de la magia y el compromiso con una causa, que nos regaló, valores que cada vez aparecen menos, no sólo en el futbol, sino en la vida cotidiana. Es el adiós de un personaje surgido del barrio y cuyo juego se acercó estrechamente a las sensaciones del futbolista amateur que acude de cuando en cuando a disputar alguna cascarita con los amigos o de aquel que sueña con ser profesional.
Responder a la pregunta de por qué Chuy logró tal identificación con la afición, no necesita demasiadas explicaciones, basta recordar los amagues, los quiebres, los driblings y aquellas internadas en diagonal hacia el centro con las que obtuvo pasaporte a la inmortalidad, también su identidad moldeada en el sector amateur, entre los llanos, el pavimento y la necesidad, y la fidelidad a los colores albiazules.
Por encima del eterno debate acerca de qué debe importar más, el resultado o el cómo se juegue, aparece la figura del Kabrito, apodo muy bien puesto por un comentarista de televisión.
En cada partido, Arellano nos remitió al sentimiento con el que cualquiera de nosotros, simples mortales del futbol amateur, asistimos a las cascaritas en la plaza, y de las que regresamos a casa embriagados por la magia de haber hecho algún buen quiebre, un sobrerito o un tacón, repitiendo una y otra vez mentalmente la jugada.
La primera vez que vi jugar a Arellano fue en el lejano 1991. El escenario era el Estadio Tecnológico y vestía la playera de los Vaqueros de Nuevo León, del “Charro” José Barragán, en un partido de la Tercera División.
Esa tarde enfrentaban a un equipo de Zacatecas, el equipo Vaqueros ganó con un implacable 7-1, y Arellano tuvo un papel importantísimo. Anotó uno de los goles, ingresando al área por la banda derecha, y por el futbol que mostró en los partidos siguientes y por los comentarios que escuché después entre la poquísima gente (la mayoría familiares y amigos) que asistía a los partidos, era obvio que Jesús tenía ya cierta fama y que le esperaba un futuro prometedor en el futbol profesional.
Nadie duda de que Arellano ha sido el jugador más rayado de la historia, pero en su alma futbolística cohabitan los colores de los Leones Negros de la Indeco, el equipo de su infancia.
Si las licenciaturas se estudian en las aulas, los oficios se aprenden en la selva de la calle. Las aulas te dan los métodos, las técnicas, las estrategias, pero la calle descubre la inventiva, la malicia, la improvisación, los trucos, ahí es donde despierta la inspiración y se encuentran las excepciones a las reglas.
Y si Jesús Arellano se licenció como futbolista en la camiseta de Vaqueros y se doctoró en las canchas de El Cerrito, fue con la playera de los Leones Negros donde se encontró con el oficio y comenzó su amistad con el balón, practicando en el pavimento y en los campos amateur, allí donde el polvo se levanta en medio de las patadas de los jugadores.
“El hincha que se convirtió en jugador”, resumió en Facebook Sahid Hernández, reportero de Récord, al hacer una breve remembranza del jugador. El hincha-jugador fue un concepto que encontró una de sus máximas expresiones aquella noche de junio del 2003 en el Estadio Morelos, cuando con la investidura de capitán, sus pasos rumbo al estrado pusieron fin a una sequía de 17 años para los Rayados, sin levantar una copa de campeón de Liga.
A diferencia de sus compañeros que portaban las playeras blancas con la leyenda de campeón, Arellano recibió la Copa y lo hizo de la manera más genuina, vistiendo la playera de juego azul y blanco, la misma con la que acostumbraba calentar antes de los partidos, en vez de la tradicional casaca.
La larga permanencia de Chuy en los Rayados le permitió colocarse, con más de 400 partidos de Liga disputados, sólo debajo de su gran mentor, Magdaleno Cano, lo que significa una fidelidad a los colores muy pocas veces vista en los tiempos actuales. El Monterrey, equipo que le debutó en la Primera División, le ve también despedirse de las canchas (con un breve, pero también importante paso por el Guadalajara, equipo con el que consiguió con subcampeonato).
La ovación que Arellano recibió una noche, en una de las ceremonias de inauguración de los Rayados en el Tec, quizá nunca se haya visto en la casa rayada. Duró un largo momento y debe estar retumbando aún en el alma del jugador y de muchos de los que asistieron ese día.
A Arellano si acaso se le podría reprochar no haber tenido una mejor definición ante el arco ni haber probado fortuna en Europa, de donde llegaron ofrecimientos del Zaragoza; de España, y del Chievo Verona, de Italia, en cambio prefirió quedarse al pie del Cerro de la Silla, fincando su leyenda.
Su relación con la prensa fue distante en una gran parte de su carrera, alguna vez el jugador se sintió traicionado y eso influyó para que dosificara demasiado sus declaraciones. Ante las cámaras de televisión nunca se sintió cómodo. Y si algunas veces el impulso le metió en problemas fuera o dentro de las canchas por situaciones que sintió injustas (como en la amenaza de inhabilitarlo de parte de la FMF si no retiraba una demanda contra Chivas por incumpliendo de un pago por su transferencia a Rayados, o respondiendo a una agresión de un rival en un partido de Eliminatoria, que casi le cuesta los primeros dos partidos de un Mundial), siempre le motivaban los partidos difíciles.
Arellano fue un jugador resistente físicamente, no se le recuerda fingiendo faltas o tirándose clavados. Recibió, eso sí, patadas, pero nunca se arrugaba. Los médicos siempre lo describieron como un jugador con un umbral del dolor muy alto, es decir, que soportaba mucho los golpes.
A diferencia de otros jugadores que se achaparran en los momentos cruciales, Chuy se agigantaba en los partidos de gran envergadura. Quedan para la posteridad su aparición en el Mundial de Francia 98, en los Clásicos de visitante en el Universitario y su liderazgo en el equipo durante la época dorada del Monterrey.
La vida es de instantes, y Chuy grabó en la pupila del futbol regio nacional algunas postales que son representativas de una época, algo así como el festejo del italiano Marco Tardelli, en la Final de España 82 ante Alemania.
Quedará para siempre grabada la imagen en la mente de los aficionados de aquel gol que le hizo a Ángel Comizzo, en una internada por la banda derecha en el Tec, donde se llevó a todos hasta la línea de meta y venció al portero con una estupenda finta.
También aquel gol para el 4-1 en el Clásico de la Semifinal ante Tigres, los festejos eufóricos de sus anotaciones en la casa de su acérrimo rival, el Estadio Universitario, y por supuesto, aquella escapada desde media cancha ante Alemania, en el Mundial de Francia 98, que terminó con un tiro al poste.
Por encima de ese eterno debate acerca de qué importa más, los resultados o la manera de jugar, Arellano no quiso quedarse sólo en el romantisismo y perfeccionismo sin títulos de la Holanda de los años 70 ó de la alegre pasión sin campeonatos del Toros Neza en México, sino que nutrió su carrera con trofeos.
En números, Chuy es el único jugador nacido en Monterrey y de los pocos en la historia del futbol mexicano en disputar tres Copas del Mundo, y es junto con Luis Pérez, el único con tres títulos de Liga vistiendo la playera de los Rayados.
-¿Cómo te defines como jugador?, se le preguntó a Jesús Arellano hace tiempo al cumplir 15 años de su debut en Primera División.
“Yo me veo como simplemente “Chuy”, como un jugador que nació del barrio, que le gustó el futbol y que llegó a la Primera División, nada más”, resumió.
¿Cuánto tiempo pasará antes de que surja otro Jesús Arellano? No es fácil reunir tantas cualidades y circunstancias en un jugador como para considerarlo un emblema. Sin embargo, por las calles de la Ciudad, un nuevo club infantil llamado Leones Negros, auspiciado por el mismo ahora ex capitán rayado, busca formar figuras, y un niño llamado también Jesús Arellano al menos ya evoca en sus jugadas, los atributos de su padre.
El legado del Kabrito y en general de la época dorada que viven los Rayados, va más allá de las estrellas que se han bordado en la playera, es un reguero de inspiración entre los fanáticos y, claro, entre los jóvenes que buscan ser futbolistas. ¿Cuál es el balance de ese otro legado? En algunos años se sabrá.
El Kabrito llenó su palmarés de logros, pero hizo mucho más, algo igual o más de difícil, se acercó estrechamente a las sensaciones del futbolista amateur, ese que en el barrio goza de la magia de un quiebre, un sombrerito o una jugada de tacón, y que el fin de semana acude al estadio a gritar por los colores de su equipo.
César Vargas
El retiro de Jesús Arellano es también un adiós a algo de la alegría, de la magia y el compromiso con una causa, que nos regaló, valores que cada vez aparecen menos, no sólo en el futbol, sino en la vida cotidiana. Es el adiós de un personaje surgido del barrio y cuyo juego se acercó estrechamente a las sensaciones del futbolista amateur que acude de cuando en cuando a disputar alguna cascarita con los amigos o de aquel que sueña con ser profesional.
Responder a la pregunta de por qué Chuy logró tal identificación con la afición, no necesita demasiadas explicaciones, basta recordar los amagues, los quiebres, los driblings y aquellas internadas en diagonal hacia el centro con las que obtuvo pasaporte a la inmortalidad, también su identidad moldeada en el sector amateur, entre los llanos, el pavimento y la necesidad, y la fidelidad a los colores albiazules.
Por encima del eterno debate acerca de qué debe importar más, el resultado o el cómo se juegue, aparece la figura del Kabrito, apodo muy bien puesto por un comentarista de televisión.
En cada partido, Arellano nos remitió al sentimiento con el que cualquiera de nosotros, simples mortales del futbol amateur, asistimos a las cascaritas en la plaza, y de las que regresamos a casa embriagados por la magia de haber hecho algún buen quiebre, un sobrerito o un tacón, repitiendo una y otra vez mentalmente la jugada.
La primera vez que vi jugar a Arellano fue en el lejano 1991. El escenario era el Estadio Tecnológico y vestía la playera de los Vaqueros de Nuevo León, del “Charro” José Barragán, en un partido de la Tercera División.
Esa tarde enfrentaban a un equipo de Zacatecas, el equipo Vaqueros ganó con un implacable 7-1, y Arellano tuvo un papel importantísimo. Anotó uno de los goles, ingresando al área por la banda derecha, y por el futbol que mostró en los partidos siguientes y por los comentarios que escuché después entre la poquísima gente (la mayoría familiares y amigos) que asistía a los partidos, era obvio que Jesús tenía ya cierta fama y que le esperaba un futuro prometedor en el futbol profesional.
Nadie duda de que Arellano ha sido el jugador más rayado de la historia, pero en su alma futbolística cohabitan los colores de los Leones Negros de la Indeco, el equipo de su infancia.
Si las licenciaturas se estudian en las aulas, los oficios se aprenden en la selva de la calle. Las aulas te dan los métodos, las técnicas, las estrategias, pero la calle descubre la inventiva, la malicia, la improvisación, los trucos, ahí es donde despierta la inspiración y se encuentran las excepciones a las reglas.
Y si Jesús Arellano se licenció como futbolista en la camiseta de Vaqueros y se doctoró en las canchas de El Cerrito, fue con la playera de los Leones Negros donde se encontró con el oficio y comenzó su amistad con el balón, practicando en el pavimento y en los campos amateur, allí donde el polvo se levanta en medio de las patadas de los jugadores.
“El hincha que se convirtió en jugador”, resumió en Facebook Sahid Hernández, reportero de Récord, al hacer una breve remembranza del jugador. El hincha-jugador fue un concepto que encontró una de sus máximas expresiones aquella noche de junio del 2003 en el Estadio Morelos, cuando con la investidura de capitán, sus pasos rumbo al estrado pusieron fin a una sequía de 17 años para los Rayados, sin levantar una copa de campeón de Liga.
A diferencia de sus compañeros que portaban las playeras blancas con la leyenda de campeón, Arellano recibió la Copa y lo hizo de la manera más genuina, vistiendo la playera de juego azul y blanco, la misma con la que acostumbraba calentar antes de los partidos, en vez de la tradicional casaca.
La larga permanencia de Chuy en los Rayados le permitió colocarse, con más de 400 partidos de Liga disputados, sólo debajo de su gran mentor, Magdaleno Cano, lo que significa una fidelidad a los colores muy pocas veces vista en los tiempos actuales. El Monterrey, equipo que le debutó en la Primera División, le ve también despedirse de las canchas (con un breve, pero también importante paso por el Guadalajara, equipo con el que consiguió con subcampeonato).
La ovación que Arellano recibió una noche, en una de las ceremonias de inauguración de los Rayados en el Tec, quizá nunca se haya visto en la casa rayada. Duró un largo momento y debe estar retumbando aún en el alma del jugador y de muchos de los que asistieron ese día.
A Arellano si acaso se le podría reprochar no haber tenido una mejor definición ante el arco ni haber probado fortuna en Europa, de donde llegaron ofrecimientos del Zaragoza; de España, y del Chievo Verona, de Italia, en cambio prefirió quedarse al pie del Cerro de la Silla, fincando su leyenda.
Su relación con la prensa fue distante en una gran parte de su carrera, alguna vez el jugador se sintió traicionado y eso influyó para que dosificara demasiado sus declaraciones. Ante las cámaras de televisión nunca se sintió cómodo. Y si algunas veces el impulso le metió en problemas fuera o dentro de las canchas por situaciones que sintió injustas (como en la amenaza de inhabilitarlo de parte de la FMF si no retiraba una demanda contra Chivas por incumpliendo de un pago por su transferencia a Rayados, o respondiendo a una agresión de un rival en un partido de Eliminatoria, que casi le cuesta los primeros dos partidos de un Mundial), siempre le motivaban los partidos difíciles.
Arellano fue un jugador resistente físicamente, no se le recuerda fingiendo faltas o tirándose clavados. Recibió, eso sí, patadas, pero nunca se arrugaba. Los médicos siempre lo describieron como un jugador con un umbral del dolor muy alto, es decir, que soportaba mucho los golpes.
A diferencia de otros jugadores que se achaparran en los momentos cruciales, Chuy se agigantaba en los partidos de gran envergadura. Quedan para la posteridad su aparición en el Mundial de Francia 98, en los Clásicos de visitante en el Universitario y su liderazgo en el equipo durante la época dorada del Monterrey.
La vida es de instantes, y Chuy grabó en la pupila del futbol regio nacional algunas postales que son representativas de una época, algo así como el festejo del italiano Marco Tardelli, en la Final de España 82 ante Alemania.
Quedará para siempre grabada la imagen en la mente de los aficionados de aquel gol que le hizo a Ángel Comizzo, en una internada por la banda derecha en el Tec, donde se llevó a todos hasta la línea de meta y venció al portero con una estupenda finta.
También aquel gol para el 4-1 en el Clásico de la Semifinal ante Tigres, los festejos eufóricos de sus anotaciones en la casa de su acérrimo rival, el Estadio Universitario, y por supuesto, aquella escapada desde media cancha ante Alemania, en el Mundial de Francia 98, que terminó con un tiro al poste.
Por encima de ese eterno debate acerca de qué importa más, los resultados o la manera de jugar, Arellano no quiso quedarse sólo en el romantisismo y perfeccionismo sin títulos de la Holanda de los años 70 ó de la alegre pasión sin campeonatos del Toros Neza en México, sino que nutrió su carrera con trofeos.
En números, Chuy es el único jugador nacido en Monterrey y de los pocos en la historia del futbol mexicano en disputar tres Copas del Mundo, y es junto con Luis Pérez, el único con tres títulos de Liga vistiendo la playera de los Rayados.
-¿Cómo te defines como jugador?, se le preguntó a Jesús Arellano hace tiempo al cumplir 15 años de su debut en Primera División.
“Yo me veo como simplemente “Chuy”, como un jugador que nació del barrio, que le gustó el futbol y que llegó a la Primera División, nada más”, resumió.
¿Cuánto tiempo pasará antes de que surja otro Jesús Arellano? No es fácil reunir tantas cualidades y circunstancias en un jugador como para considerarlo un emblema. Sin embargo, por las calles de la Ciudad, un nuevo club infantil llamado Leones Negros, auspiciado por el mismo ahora ex capitán rayado, busca formar figuras, y un niño llamado también Jesús Arellano al menos ya evoca en sus jugadas, los atributos de su padre.
El legado del Kabrito y en general de la época dorada que viven los Rayados, va más allá de las estrellas que se han bordado en la playera, es un reguero de inspiración entre los fanáticos y, claro, entre los jóvenes que buscan ser futbolistas. ¿Cuál es el balance de ese otro legado? En algunos años se sabrá.
lunes, 10 de octubre de 2011
VUCETICH, SU TENAZ CAMINO AL ÉXITO
César Vargas
Aquel sábado 15 de octubre de 1997, Víctor Manuel Vucetich se enfiló al vestidor del Estadio Universitario, en medio de una lluvia de insultos.
Ahora dirigía a Tecos y había regresado por primera vez al escenario en el que poco más de un año antes había descendido como técnico de los Tigres a la Primera A.
Asignado esa tarde a la cobertura del equipo visitante, seguí los pasos de Vucetich al abandonar la cancha y dirigirse al vestidor. Al bajar por las escaleras alzó la mirada y vio de frente, sin decir nada, los rostros de algunos de aquellos que le faltaban el respeto.
Me sorprendió entonces lo inmutable de su rostro, y más tarde, en la entrevista, el control emocional de su persona.
“Me trae gratos recuerdos (el estadio), es normal, apoyan a su equipo, no al enemigo”, se limitó a decir minutos más tarde, antes de abandonar el estadio.
A lo largo de mi trayectoria periodística, nunca me tocó tener a alguno de sus equipos asignado como fuente, pero el destino me permitió ponerle una grabadora o escuchar sus puntos de vista en algunos pasajes clave de su paso al frente de los cuadros locales.
En aquella fatídica jornada del Clásico del descenso, aún no integraba yo el equipo de reporteros de futbol en el periódico, así que fui destinado a tareas menores, como el ambiente en las tribunas, en especial la reacción de los familiares de los jugadores.
Pero ya una vez en el túnel de acceso a la cancha, tuve la oportunidad subir al autobús del equipo y no la desaproveché.
Encontré a Vucetich solitario entre el desierto de asientos de vacíos en espera del resto del plantel. Para mi sorpresa, no me negó la entrevista, entonces le pregunté si estaría dispuesto a seguir al equipo en la Primera A.
Su respuesta fue que tenía que analizarlo, era obvio que su interés era seguir dirigiendo en el máximo circuito.
Algo del viejo aficionado surgió en mi diálogo interno mientras escuchaba las palabras del aún técnico felino, pensando en que Víctor Manuel debía irse a la Primera A junto con los Tigres, como si tuviera que pagar una penitencia. Tardé algunos años en cambiar mi punto de vista, pues en realidad le habían entregado a un equipo casi condenado a irse a la Primera A, con una desventaja muy pesada respecto a sus rivales por su permanencia.
El silencio interior del autobús contrastaba con el estadio en llamas en el que afuera se había convertido el Universitario, donde yacía una multitud que con lágrimas había sido vencida por el drama del descenso.
Pero Vucetich volvió a Tigres a principios de la década de los 2000. Le tocó armar un plantel muy fuerte, sólido y explosivo, como hasta la fecha no he visto otro después de aquellas fieras que lograron los campeonatos de las temporadas 77-78 y 81-82, y que cayeron con la cara al sol, en la Final ante Cruz Azul, en la campaña 79-80.
Tigres empezaba a devorar la Liga, sumaba victorias y a destrozar rivales, incluido aquel Clásico de 6-3 ante los Rayados, en el hasta entonces considerado el mejor duelo fraternal en la historia del futbol regiomontano.
“Clasicazo”, encabezó la sección deportiva de El Norte ese día. En la alineación felina figuraban jugadores como Jorge Campos, Iván Hurtado, Ramón Ramírez, Claudio Núñez, Luis Hernández y Osmar Donizete.
Pero un nuevo golpe del destino frenó las aspiraciones de Vucetich en el futbol regio. Apareció el caso Donizete (por un registro indebido que incluyó la falsificación de la firma del jugador y la aparición de la famosa “secretaria”).
La FMF determinó que se anularan los puntos que el equipo había ganado con la alineación del delantero brasileño y se volvieran a jugar los encuentros. El equipo no pudo levantarse anímicamente de ese golpe y perdió la inercia que había adquirido.
El plantel buscó alejarse de la presión, oxigenarse y fomentar la unión de grupo viajando algunos días a Acapulco, donde entrenó en los campos propiedad de Jorge Campos.
Una vez más me tocó vivir de cerca ese momento. Yo cubría entonces los entrenamientos de los Rayados, pero por alguna razón (enfermedad o compromisos del titular de la fuente) viajé con el equipo.
Sin victimizarse ni hacer drama, en alguna de las conversaciones durante el viaje, Vucetich dejó entrever lo ingrato que le había jugado del destino en sus oportunidades al frente de los Tigres.
Al final, el equipo no logró el título ese torneo ni recuperó el protagonismo que merecía, y el técnico dejó la institución una vez más.
Para entonces Víctor Manuel ya era un regiomontano más por adopción. Sus hijos crecían en el entorno de la ciudad, y sólo saldría a trabajar a otros equipos sabiendo que su base estaba al pie del Cerro de la Silla.
Poco tiempo después volvió al Universitario. Y esta vez no lo hizo para recibir los insultos de los aficionados, como aquel ya lejano día dirigiendo a los Tecos, sino para probar las mieles de la gloria. Esa noche, y al mando del Pachuca, alzó un nuevo título de Liga, venciendo a los mismos Tigres.
Pasó mucho tiempo para que Vucetich volviera a dirigir en la Ciudad. Luego de algún tiempo sin éxito y en medio de varios torneos sin comandar un plantel, su sabiduría encontró cauce como comentarista de Televisa en los partidos de los equipos locales.
Mientras el Monterrey optaba por la corriente “lavolpista”, cada que había un cambio de técnico en los Rayados, “Vuce” aparecía, sin ser llamado, como el candidato natural para dirigir al equipo, incluso se hablaba de algunos personajes que dentro de la institución apoyaban su designación.
Pero la oportunidad llegó. Las circunstancias que hasta entonces le habían jugado en contra, esta vez fueron sus aliadas. En enero del 2009 tomó el mando del León y estaba listo para intentar regresarlo a la Primera División.
El equipo al que había ascendido y luego convertido en campeón del máximo circuito, a principios de los 90, le había llamado. Ambos (equipo y técnico) se necesitaban en su intento de resurgir.
En ese momento Ricardo La Volpe era el técnico de los Rayados, y nada parecía más imposible como que “Vuce” dirigiera al Monterrey. Pero Vucetich tuvo que dejar de manera sorpresiva a los Esmeraldas, tras cambios en la directiva del León, y La Volpe, en una jugada maestra del destino, se marchó del plantel albiazul por desacuerdos con los altos mandos albiazules.
La fórmula “lavolpista” lucía agotada en los Rayados, y por la premura del tiempo (el torneo ya estaba encima) necesitaban a alguien que no requiriera tanto tiempo de adaptación.
Vucetich era la persona ideal. No se necesitaban tantos rastros para saber que él sería el elegido. Conocía al plantel por su labor como comentarista cada sábado, porque vivía en la Ciudad, además de su capacidad probada de entregar resultados rápidamente.
La muerte de su esposa se había añadido a las circunstancias adversas que le había tocado sortear en tiempos recientes y se sumaban las voces que lo calificaban de obsoleto.
Un año después, el futbol le hizo justicia. De su mano, el Monterrey encontró un nuevo título de Liga.
Pero una vez más el futbol exigió de “Vuce” lo que ha mostrado como los principales atributos de su liderazgo: El manejo de las emociones en situaciones críticas, y que sus equipos dominen varias formas de juego y sepan aplicarlas de acuerdo a las circunstancias.
De cara a la Liguilla, sacudió al equipo la muerte de Antonio De Nigris, ídolo albiazul y hermano de Aldo, delantero rayado. Vucetich supo canalizar el momento y el plantel adquirió una inspiración y fortaleza mental inédita en el medio local.
Faltaban un par de momentos claves antes de que el equipo se pusiera la corona. En el duelo de vuelta en la Semifinal ante Toluca, el técnico rayado relevó al delantero Humberto Suazo, quien hizo una rabieta al irse a la banca. Vucetich no le respondió y tampoco hubo necesidad después de que dijera algo, porque la victoria del equipo le dio la razón y con humildad el goleador chileno ofreció una disculpa.
Y por último, en el juego de Ida de la Final ante el Cruz Azul, en el Tec, hizo despertar a su equipo de un 3-1 adverso al final del primer tiempo, para irse con ventaja de 4-3, en uno de los regresos más memorables en la historia del futbol mexicano.
La coronación del Monterrey el domingo siguiente en el Distrito Federal supuso el camino más sublime al título de un equipo en el futbol mexicano.
Dos días después, tras el desfile de coronación, Vucetich nos recibió en su hogar, a mí y a mi compañero en Récord, Gerardo Suárez, en la primera entrevista a fondo que concedió tras el título.
Pablo Lozano, subdirector regional del diario deportivo en Monterrey, concertó la charla en la casa del técnico rayado, así que al anochecer salimos desde San Nicolás, sorteando el tráfico, rumbo al otro lado de la Ciudad.
Llegamos después de la hora pactada, y “Vuce” nos recibió con una llamada de atención por el retraso. Los muebles de la sala estaban adornados con motivos navideños y el rostro de Víctor Manuel no escondía la fatiga. Al ajetreo de las últimas semanas, nos reveló que se añadían las desmañadas (ante la ausencia de la madre de familia) que el técnico rayado tenía que vivir para levantar y atender a su hija menor, para que se fuera a la escuela.
Ya en marcha la entrevista, “Vuce” compartió su intención de ir por el bicampeonato y profundizó sobre los detalles del equipo camino al título.
En una parte de la charla reveló unas palabras que alguna vez le dijo su fallecida esposa Yolanda y que daban luz a lo que representaba para él por fin ser profeta en Monterrey, la tierra que lo había hecho su hijo adoptivo.
“No te han valorado, pero ya llegará el momento”, le expresó en aquel momento su señora.
Era apenas el principio de una era que lo colocaría como el técnico más exitoso en la historia de los Rayados. Vendría un nuevo título de Liga, la participación en la Copa Libertadores, un campeonato de la Concacaf y el boleto al Mundial de Clubes.
Hoy, con un Monterrey que ha perdido la brújula, “Vuce” se enfrenta de nuevo en su vida a un reto que requerirá de su larga experiencia en estabilizar las emociones y luchar contra la adversidad.
Tras hacer un recuento de la carrera de Vucetich, confirmo que a los hombres los inmortalizan sus victorias, pero su verdadero legado se encuentra en cómo libraron los obstáculos para alcanzar sus objetivos…
MEMORIAS DE UN DÍA EN HIROSHIMA
Desde el verano del 2002, el 6 de agosto se volvió una fecha especial para mí. Este día se conmemora una aniversario más del lanzamiento de la bomba atómica a Hiroshima y suele venir a mi mente uno de los trabajos más significativos de mi vida periodística.
En medio de la cobertura del Mundial que se realizó ese año en Corea y Japón y tras terminar la fase de grupos, pedí a la japonesa Miyki Seki, quien se desempeñaba como voluntaria para la FIFA, me acompañara a Hiroshima para realizar un reportaje sobre la actualidad de esa ciudad y me ayudara con la traducción de las entrevistas.
Miyuki aceptó con entusiasmo. Tomamos entonces el Shinkansen (medio de transporte al que en occidente se le denomina Tren Bala) y emprendimos el viaje de cuatro horas y media.
Tres semanas extenuantes de cobertura y de hablar de futbol todo el día y casi toda la noche, tomaron un respiro. Durante el trayecto, pensé que sería difícil localizar a personas que quisieran hablar de la bomba y los efectos de la radiación, y hacer todo, además, en un solo día.
Pero resultó totalmente distinto. Nos encontramos en la plaza conmemorativa del acontecimiento a mucha gente de edad avanzada dispuesta a hablar de sus recuerdos, pues en Hiroshima casi todo gira en torno al lanzamiento de la bomba atómica.
Desde que leí por primera vez del suceso que marcó el final de la Segunda Guerra Mundial, y de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, se convirtió en una parte de la historia que siempre me causó mucha curiosidad. Así que ese viaje representó una especie de meta cumplida y también de un gran de aprendizaje acerca de cómo se puede seguir adelante sin sentir rencor (o dejarse dominar por él) hacia las personas que nos hicieron un daño significativo.
Al caer la noche, Miyuki y yo viajamos de regreso a Tokio, contentos y emocionados, a seguir con las labores que en ese momento era cotidianas en la Copa del Mundo 2002.
En el camino, Miyuki me agradeció con sinceridad la oportunidad de poder establecer un diálogo con los sobrevivientes de la bomba (sin sentir que estaba invadiendo su privacidad) y realizar preguntas que no se hubiera atrevido a hacer si no hubiera sido con el pretexto de un interés periodístico.
Aquí el reportaje que semanas después se publicó en la sección Internacional de El Norte y que fue resultado de aquel día inolvidable:
Hiroshima: Buscan reflexión, más que venganza
Por
César Vargas
(06-Ago-2002).-
EL NORTE / Enviado
Quizá después de aquel 11 de septiembre en que un atentado derrumbó a las Torres Gemelas, los estadounidenses comprendan por qué sus ojos se vuelven mares de aguas saladas, por qué Hiraaki Hayashi no parece estar viendo lo mismo que los demás...
Por qué al recordar no atiende al aire humedecido por las últimas lluvias y a la alegría de los jóvenes en bicicleta, por qué su generación no recuerda la infancia como una etapa inocente y cándida.
"Hay árboles verdes, pero viven con la bomba atómica y con el cuerpo de alguien, porque muchas personas murieron", dice a través de una intérprete japonesa.
Si estuviera en México, quizá estaría rodeado de manifestantes agitando pancartas y entonando con fuerza el grito de "Hiroshima, 6 de agosto no se olvida". Pero el japonés en general parece empeñado en cerrar las heridas más con la reflexión que con la venganza.
Maestro de escuela como profesión, está sentado en una banca de la plaza en Memoria de la Paz, cerca de donde un 6 de agosto de 1945 el mundo se estremeció por la primera bomba atómica que lanzó Estados Unidos.
"Ellos (Estados Unidos) fueron a otros países, por ejemplo, a la Segunda Guerra Mundial, Vietnam, y no tenían lastimados en su país. El 11 de septiembre no era una guerra, pero deben darse cuenta de que tienen que cambiar su manera de pensar, porque no es bueno pensar sólo en ellos y no preocuparse por las personas de otros países", dice.
La escenografía atestigua que su relato no es ninguna historia fantástica. A unos metros, una exposición de fotografías refresca las imágenes crudas de la tragedia, y más allá, las ruinas del Edificio de Promoción Industrial de Hiroshima no permiten lugar al olvido. La estructura ha permanecido intacta para que la humanidad siempre tenga en cuenta esa lección.
"Este trágico hecho ha sido conocido por generaciones, ha sido una lección para toda la humanidad. Estas ruinas serán conservadas para siempre", se lee en una placa.
A unos metros de ahí, otra placa señala el lugar exacto de la tragedia. Sobre ese punto, a una altura de 580 metros, estalló la primera bomba atómica que Estados Unidos lanzó sobre territorio japonés.
Esa mañana, cuando el B-29 de la armada estadounidense, denominado Enola Gay, se acercaba a su objetivo, Hiraaki soportaba el castigo de su madre de no salir de casa hasta acabarse el arroz que desayunaba. Tenía cinco años y acaba de pelear con sus dos hermanas menores.
Décadas después de la tragedia, parecen haberse borrado las huellas de la bomba en las calles de Hiroshima, pero bastan algunos pasos y otras tantas preguntas, para toparse de frente con el rostro de la catástrofe. Hombres viejos, ahí sentados, como si esperaran que uno llegara para comenzar a contar sus historias.
A la sombra de un árbol, Toshiyo Kawamoto rememora aquellos días. Tenía 22 años y trabajaba para el Ejército japonés en Siberia. Dos meses antes tuvo información privilegiada, pues sus funciones incluían rastrear toda la información generada por los estadounidenses.
Una vez mostrada su inminente superioridad, Estados Unidos había exigido la rendición a los japoneses, que se negaban reiteradamente a ello. Hasta que los americanos optaron por detonar la más mortal de las bombas conocidas hasta entonces.
Kawamoto tuvo la información en sus manos, pero le era imposible comunicarlo, porque el único contacto que tenía con su familia era a través de cartas que eran abiertas antes de ser enviadas. No pudo evitar que su abuela, quien vivía a unas cuadras de la explosión, falleciera, él, sin embargo, piensa que la bomba era necesaria.
"Si la guerra hubiera continuado, hubiera muerto mucho más gente", expresa.
Cuando el Enola Gay dejó caer la bomba, denominada "Litlle Boy", eran las 8:15, hora que quedó marcada para siempre en el reloj de Kengo Kikawa, cuyo hijo Kazuo lo donó al Museo en Memoria de la Paz, que está erigido en esta ciudad.
Noriaki era un estudiante de secundaria, que esa mañana trabajaba a 600 metros de donde cayó la bomba. Tras el destello que cegó la ciudad, sufrió quemaduras en todo el cuerpo, sus amigos le ayudaron a llegar hasta su casa, pero murió al día siguiente. Una de sus uñas permanece en el museo.
Tsutomu Nakayama es otro de los hombres que se encuentran sentados en una banca, a la orilla del río Motoyasu, cuyas aguas ardían aquel día. Entonces tenía dos años, pero estaba en una isla cercana, a donde sus padres lo habían llevado buscando evitar algún ataque a Hiroshima. La tragedia, sin embargo, lo tocó, porque murieron 28 personas de su familia.
Hiroshi Koge está sentado en el pasto y ha estacionado su bicicleta a un lado. Recuerda que él vivía a 70 kilómetros de Hiroshima, esa mañana vio cómo el enorme hongo de humo se alzaba sobre la ciudad y horas después ayudó a los heridos que llevaron hasta la fábrica donde trabajaba.
Pero Hiraaki sigue su relato. A diferencia de los otros entrevistados, no parece olvidar la acción de los estadounidenses, sobre todo, porque su padre, que era dentista y padeció toda su vida los efectos de la radiación, murió a los 79 años, vencido finalmente por el cáncer en la sangre.
"Como yo era un niño sentía mucho orgullo que pasara por mi padre a la casa un auto muy bonito de Estados Unidos, para llevarlo al hospital, pero él ya no quiso ir porque se dio cuenta que Estados Unidos no lo estaba haciendo para curar a la gente, sino para estudiar los efectos de la bomba atómica sobre los cuerpos", dice.
Aquella inocencia infantil quizá le permitió a Hiraaki sufrir menos en medio de la tragedia.
"Como yo sólo era un niño, no pensaba que fuera algo triste, creía que era algo divertido", dice.
Hoy, 57 años después de la explosión que estremeció al mundo, Hiroshima ha resurgido, sus árboles crecen saludables sobre una tierra que los expertos habían condenado a la infertilidad durante los siguientes 75 años.
Todo Japón es otro, es una de las economías más fuertes del mundo, a pesar de estar en crisis; para llegar hasta Hiroshima uno puede hacerlo a bordo del moderno Tren Bala, como se le llama en occidente, a una velocidad de 264 kilómetros por hora y un tiempo de 4 horas y media desde Tokio.
Aquí en todo momento se recuerda la catástrofe, a través del museo y hasta de souvenirs, pero el aire desenfadado de los jóvenes invita a una pregunta: ¿Han aprendido la lección las nuevas generaciones en todo el mundo?
Hiraaki tiene una respuesta:
"Japón no está pensando en nada de eso, porque aquí se vive muy tranquilo, pensamos que no va a pasar nada, los jóvenes no piensan en eso, porque no conocen la guerra ni la pobreza", dice.
Hiraaki piensa que Estados Unidos debe hacer algo por cambiar al mundo.
"Estados Unidos tiene mucha fuerza en el mundo, mucha influencia, entonces por qué no va a hacer algo por la paz", expresa.
En medio de la cobertura del Mundial que se realizó ese año en Corea y Japón y tras terminar la fase de grupos, pedí a la japonesa Miyki Seki, quien se desempeñaba como voluntaria para la FIFA, me acompañara a Hiroshima para realizar un reportaje sobre la actualidad de esa ciudad y me ayudara con la traducción de las entrevistas.
Miyuki aceptó con entusiasmo. Tomamos entonces el Shinkansen (medio de transporte al que en occidente se le denomina Tren Bala) y emprendimos el viaje de cuatro horas y media.
Tres semanas extenuantes de cobertura y de hablar de futbol todo el día y casi toda la noche, tomaron un respiro. Durante el trayecto, pensé que sería difícil localizar a personas que quisieran hablar de la bomba y los efectos de la radiación, y hacer todo, además, en un solo día.
Pero resultó totalmente distinto. Nos encontramos en la plaza conmemorativa del acontecimiento a mucha gente de edad avanzada dispuesta a hablar de sus recuerdos, pues en Hiroshima casi todo gira en torno al lanzamiento de la bomba atómica.
Desde que leí por primera vez del suceso que marcó el final de la Segunda Guerra Mundial, y de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, se convirtió en una parte de la historia que siempre me causó mucha curiosidad. Así que ese viaje representó una especie de meta cumplida y también de un gran de aprendizaje acerca de cómo se puede seguir adelante sin sentir rencor (o dejarse dominar por él) hacia las personas que nos hicieron un daño significativo.
Al caer la noche, Miyuki y yo viajamos de regreso a Tokio, contentos y emocionados, a seguir con las labores que en ese momento era cotidianas en la Copa del Mundo 2002.
En el camino, Miyuki me agradeció con sinceridad la oportunidad de poder establecer un diálogo con los sobrevivientes de la bomba (sin sentir que estaba invadiendo su privacidad) y realizar preguntas que no se hubiera atrevido a hacer si no hubiera sido con el pretexto de un interés periodístico.
Aquí el reportaje que semanas después se publicó en la sección Internacional de El Norte y que fue resultado de aquel día inolvidable:
Hiroshima: Buscan reflexión, más que venganza
Por
César Vargas
(06-Ago-2002).-
EL NORTE / Enviado
Quizá después de aquel 11 de septiembre en que un atentado derrumbó a las Torres Gemelas, los estadounidenses comprendan por qué sus ojos se vuelven mares de aguas saladas, por qué Hiraaki Hayashi no parece estar viendo lo mismo que los demás...
Por qué al recordar no atiende al aire humedecido por las últimas lluvias y a la alegría de los jóvenes en bicicleta, por qué su generación no recuerda la infancia como una etapa inocente y cándida.
"Hay árboles verdes, pero viven con la bomba atómica y con el cuerpo de alguien, porque muchas personas murieron", dice a través de una intérprete japonesa.
Si estuviera en México, quizá estaría rodeado de manifestantes agitando pancartas y entonando con fuerza el grito de "Hiroshima, 6 de agosto no se olvida". Pero el japonés en general parece empeñado en cerrar las heridas más con la reflexión que con la venganza.
Maestro de escuela como profesión, está sentado en una banca de la plaza en Memoria de la Paz, cerca de donde un 6 de agosto de 1945 el mundo se estremeció por la primera bomba atómica que lanzó Estados Unidos.
"Ellos (Estados Unidos) fueron a otros países, por ejemplo, a la Segunda Guerra Mundial, Vietnam, y no tenían lastimados en su país. El 11 de septiembre no era una guerra, pero deben darse cuenta de que tienen que cambiar su manera de pensar, porque no es bueno pensar sólo en ellos y no preocuparse por las personas de otros países", dice.
La escenografía atestigua que su relato no es ninguna historia fantástica. A unos metros, una exposición de fotografías refresca las imágenes crudas de la tragedia, y más allá, las ruinas del Edificio de Promoción Industrial de Hiroshima no permiten lugar al olvido. La estructura ha permanecido intacta para que la humanidad siempre tenga en cuenta esa lección.
"Este trágico hecho ha sido conocido por generaciones, ha sido una lección para toda la humanidad. Estas ruinas serán conservadas para siempre", se lee en una placa.
A unos metros de ahí, otra placa señala el lugar exacto de la tragedia. Sobre ese punto, a una altura de 580 metros, estalló la primera bomba atómica que Estados Unidos lanzó sobre territorio japonés.
Esa mañana, cuando el B-29 de la armada estadounidense, denominado Enola Gay, se acercaba a su objetivo, Hiraaki soportaba el castigo de su madre de no salir de casa hasta acabarse el arroz que desayunaba. Tenía cinco años y acaba de pelear con sus dos hermanas menores.
Décadas después de la tragedia, parecen haberse borrado las huellas de la bomba en las calles de Hiroshima, pero bastan algunos pasos y otras tantas preguntas, para toparse de frente con el rostro de la catástrofe. Hombres viejos, ahí sentados, como si esperaran que uno llegara para comenzar a contar sus historias.
A la sombra de un árbol, Toshiyo Kawamoto rememora aquellos días. Tenía 22 años y trabajaba para el Ejército japonés en Siberia. Dos meses antes tuvo información privilegiada, pues sus funciones incluían rastrear toda la información generada por los estadounidenses.
Una vez mostrada su inminente superioridad, Estados Unidos había exigido la rendición a los japoneses, que se negaban reiteradamente a ello. Hasta que los americanos optaron por detonar la más mortal de las bombas conocidas hasta entonces.
Kawamoto tuvo la información en sus manos, pero le era imposible comunicarlo, porque el único contacto que tenía con su familia era a través de cartas que eran abiertas antes de ser enviadas. No pudo evitar que su abuela, quien vivía a unas cuadras de la explosión, falleciera, él, sin embargo, piensa que la bomba era necesaria.
"Si la guerra hubiera continuado, hubiera muerto mucho más gente", expresa.
Cuando el Enola Gay dejó caer la bomba, denominada "Litlle Boy", eran las 8:15, hora que quedó marcada para siempre en el reloj de Kengo Kikawa, cuyo hijo Kazuo lo donó al Museo en Memoria de la Paz, que está erigido en esta ciudad.
Noriaki era un estudiante de secundaria, que esa mañana trabajaba a 600 metros de donde cayó la bomba. Tras el destello que cegó la ciudad, sufrió quemaduras en todo el cuerpo, sus amigos le ayudaron a llegar hasta su casa, pero murió al día siguiente. Una de sus uñas permanece en el museo.
Tsutomu Nakayama es otro de los hombres que se encuentran sentados en una banca, a la orilla del río Motoyasu, cuyas aguas ardían aquel día. Entonces tenía dos años, pero estaba en una isla cercana, a donde sus padres lo habían llevado buscando evitar algún ataque a Hiroshima. La tragedia, sin embargo, lo tocó, porque murieron 28 personas de su familia.
Hiroshi Koge está sentado en el pasto y ha estacionado su bicicleta a un lado. Recuerda que él vivía a 70 kilómetros de Hiroshima, esa mañana vio cómo el enorme hongo de humo se alzaba sobre la ciudad y horas después ayudó a los heridos que llevaron hasta la fábrica donde trabajaba.
Pero Hiraaki sigue su relato. A diferencia de los otros entrevistados, no parece olvidar la acción de los estadounidenses, sobre todo, porque su padre, que era dentista y padeció toda su vida los efectos de la radiación, murió a los 79 años, vencido finalmente por el cáncer en la sangre.
"Como yo era un niño sentía mucho orgullo que pasara por mi padre a la casa un auto muy bonito de Estados Unidos, para llevarlo al hospital, pero él ya no quiso ir porque se dio cuenta que Estados Unidos no lo estaba haciendo para curar a la gente, sino para estudiar los efectos de la bomba atómica sobre los cuerpos", dice.
Aquella inocencia infantil quizá le permitió a Hiraaki sufrir menos en medio de la tragedia.
"Como yo sólo era un niño, no pensaba que fuera algo triste, creía que era algo divertido", dice.
Hoy, 57 años después de la explosión que estremeció al mundo, Hiroshima ha resurgido, sus árboles crecen saludables sobre una tierra que los expertos habían condenado a la infertilidad durante los siguientes 75 años.
Todo Japón es otro, es una de las economías más fuertes del mundo, a pesar de estar en crisis; para llegar hasta Hiroshima uno puede hacerlo a bordo del moderno Tren Bala, como se le llama en occidente, a una velocidad de 264 kilómetros por hora y un tiempo de 4 horas y media desde Tokio.
Aquí en todo momento se recuerda la catástrofe, a través del museo y hasta de souvenirs, pero el aire desenfadado de los jóvenes invita a una pregunta: ¿Han aprendido la lección las nuevas generaciones en todo el mundo?
Hiraaki tiene una respuesta:
"Japón no está pensando en nada de eso, porque aquí se vive muy tranquilo, pensamos que no va a pasar nada, los jóvenes no piensan en eso, porque no conocen la guerra ni la pobreza", dice.
Hiraaki piensa que Estados Unidos debe hacer algo por cambiar al mundo.
"Estados Unidos tiene mucha fuerza en el mundo, mucha influencia, entonces por qué no va a hacer algo por la paz", expresa.
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