lunes, 10 de octubre de 2011

VUCETICH, SU TENAZ CAMINO AL ÉXITO



César Vargas





Aquel sábado 15 de octubre de 1997, Víctor Manuel Vucetich se enfiló al vestidor del Estadio Universitario, en medio de una lluvia de insultos.

Ahora dirigía a Tecos y había regresado por primera vez al escenario en el que poco más de un año antes había descendido como técnico de los Tigres a la Primera A.

Asignado esa tarde a la cobertura del equipo visitante, seguí los pasos de Vucetich al abandonar la cancha y dirigirse al vestidor. Al bajar por las escaleras alzó la mirada y vio de frente, sin decir nada, los rostros de algunos de aquellos que le faltaban el respeto.

 Me sorprendió entonces lo inmutable de su rostro, y más tarde, en la entrevista, el control emocional de su persona.

“Me trae gratos recuerdos (el estadio), es normal, apoyan a su equipo, no al enemigo”, se limitó a decir minutos más tarde, antes de abandonar el estadio.

A lo largo de mi trayectoria periodística, nunca me tocó tener a alguno de sus equipos asignado como fuente, pero el destino me permitió ponerle una grabadora o escuchar sus puntos de vista en algunos pasajes clave de su paso al frente de los cuadros locales.

En aquella fatídica jornada del Clásico del descenso, aún no integraba yo el equipo de reporteros de futbol en el periódico, así que fui destinado a tareas menores, como el ambiente en las tribunas, en especial la reacción de los familiares de los jugadores.

Pero ya una vez en el túnel de acceso a la cancha, tuve la oportunidad subir al autobús del equipo y no la desaproveché.

Encontré a Vucetich solitario entre el desierto de asientos de vacíos en espera del resto del plantel. Para mi sorpresa, no me negó la entrevista, entonces le pregunté si estaría dispuesto a seguir al equipo en la Primera A.

Su respuesta fue que tenía que analizarlo, era obvio que su interés era seguir dirigiendo en el máximo circuito.

Algo del viejo aficionado surgió en mi diálogo interno mientras escuchaba las palabras del aún técnico felino, pensando en que Víctor Manuel debía irse a la Primera A junto con los Tigres, como si tuviera que pagar una penitencia. Tardé algunos años en cambiar mi punto de vista, pues en realidad le habían entregado a un equipo casi condenado a irse a la Primera A, con una desventaja muy pesada respecto a sus rivales por su permanencia.

El silencio interior del autobús contrastaba con el estadio en llamas en el que afuera se había convertido el Universitario, donde yacía una multitud que con lágrimas había sido vencida por el drama del descenso.

Pero Vucetich volvió a Tigres a principios de la década de los 2000. Le tocó armar un plantel muy fuerte, sólido y explosivo, como hasta la fecha no he visto otro después de aquellas fieras que lograron los campeonatos de las temporadas 77-78 y 81-82, y que cayeron con la cara al sol, en la Final ante Cruz Azul, en la campaña 79-80.

Tigres empezaba a devorar la Liga, sumaba victorias y a destrozar rivales, incluido aquel Clásico de 6-3 ante los Rayados, en el hasta entonces considerado el mejor duelo fraternal en la historia del futbol regiomontano.

“Clasicazo”, encabezó la sección deportiva de El Norte ese día. En la alineación felina figuraban jugadores como Jorge Campos, Iván Hurtado, Ramón Ramírez, Claudio Núñez, Luis Hernández y Osmar Donizete.

Pero un nuevo golpe del destino frenó las aspiraciones de Vucetich en el futbol regio. Apareció el caso Donizete (por un registro indebido que incluyó  la falsificación de la firma del jugador y la aparición de la famosa “secretaria”).

La FMF determinó que se anularan los puntos que el equipo había ganado con la alineación del delantero brasileño y se volvieran a jugar los encuentros. El equipo no pudo levantarse anímicamente de ese golpe y perdió la inercia que había adquirido.

El plantel buscó alejarse de la presión, oxigenarse y fomentar la unión de grupo viajando algunos días a Acapulco, donde entrenó en los campos propiedad de Jorge Campos.

Una vez más me tocó vivir de cerca ese momento. Yo cubría entonces los entrenamientos de los Rayados, pero por alguna razón (enfermedad o compromisos del titular de la fuente) viajé con el equipo.

Sin victimizarse ni hacer drama, en alguna de las conversaciones durante el viaje, Vucetich dejó entrever lo ingrato que le había jugado del destino en sus oportunidades al frente de los Tigres.

Al final, el equipo no logró el título ese torneo ni recuperó el protagonismo que merecía, y el técnico dejó la institución una vez más.

Para entonces Víctor Manuel ya era un regiomontano más por adopción. Sus hijos crecían en el entorno de la ciudad, y sólo saldría a trabajar a otros equipos sabiendo que su base estaba al pie del Cerro de la Silla.

Poco tiempo después volvió al Universitario. Y esta vez no lo hizo para recibir los insultos de los aficionados, como aquel ya lejano  día dirigiendo a los Tecos, sino para probar las mieles de la gloria. Esa noche, y al mando del Pachuca, alzó un nuevo título de Liga, venciendo a los mismos Tigres.

Pasó mucho tiempo para que Vucetich volviera a dirigir en la Ciudad. Luego de algún tiempo sin éxito y en medio de varios torneos sin comandar un plantel, su sabiduría encontró cauce como comentarista de Televisa en los partidos de los equipos locales.

Mientras el Monterrey optaba por la corriente “lavolpista”, cada que había un cambio de técnico en los Rayados, “Vuce” aparecía, sin ser llamado, como el candidato natural para dirigir al equipo, incluso se hablaba de algunos personajes que dentro de la institución apoyaban su designación.

Pero la oportunidad llegó.  Las circunstancias que hasta entonces le habían jugado en contra, esta vez fueron sus aliadas. En enero del 2009 tomó el mando del León y estaba listo para intentar regresarlo a la Primera División.

El equipo al que había ascendido y luego convertido en campeón del máximo circuito, a principios de los 90, le había llamado. Ambos  (equipo y técnico) se necesitaban en su intento de resurgir.

En ese momento Ricardo La Volpe era el técnico de los Rayados, y nada parecía más imposible como que “Vuce” dirigiera al Monterrey. Pero Vucetich tuvo que dejar de manera sorpresiva a los Esmeraldas, tras cambios en la directiva del León, y La Volpe, en una jugada maestra del destino, se marchó del plantel albiazul por desacuerdos con los altos mandos albiazules.

La fórmula “lavolpista”  lucía agotada en los Rayados, y por la premura del tiempo (el torneo ya estaba encima) necesitaban a alguien que no requiriera tanto tiempo de adaptación.

Vucetich era la persona ideal. No se necesitaban tantos rastros para saber que él sería el elegido. Conocía al plantel por su labor como comentarista cada sábado, porque  vivía en la Ciudad, además de su capacidad probada de entregar resultados rápidamente.

La muerte de su esposa se había añadido a las circunstancias adversas que le había tocado sortear en tiempos recientes y se sumaban las voces que lo calificaban de obsoleto.

Un año después, el futbol le hizo justicia. De su mano, el Monterrey encontró un nuevo título de Liga.

Pero una vez más el futbol exigió de “Vuce” lo que ha mostrado como los principales atributos de su liderazgo: El manejo de las emociones en situaciones críticas, y que sus equipos dominen varias formas de juego y sepan aplicarlas de acuerdo a las circunstancias.

De cara a la Liguilla, sacudió al equipo la muerte de Antonio De Nigris, ídolo albiazul y hermano de Aldo, delantero rayado. Vucetich supo canalizar el momento y el plantel adquirió una inspiración y fortaleza mental inédita en el medio local.

Faltaban un par de momentos claves antes de que el equipo se pusiera la corona. En el duelo de vuelta en la Semifinal ante Toluca, el técnico rayado relevó al delantero Humberto Suazo, quien hizo una rabieta al irse a la banca.  Vucetich no le respondió y tampoco hubo necesidad después de que dijera algo, porque la victoria del equipo le dio la razón y con humildad el goleador chileno ofreció una disculpa.

Y por último, en el juego de Ida de la Final ante el Cruz Azul, en el Tec, hizo despertar a su equipo de un 3-1 adverso al final del primer tiempo, para irse con ventaja de 4-3, en uno de los regresos más memorables en la historia del futbol mexicano.

La coronación del Monterrey el domingo siguiente en el Distrito Federal supuso el camino más sublime al título de un equipo en el futbol mexicano.

Dos días después, tras el desfile de coronación, Vucetich nos recibió en su hogar, a mí y a mi compañero en Récord, Gerardo Suárez, en la primera entrevista a fondo que concedió tras el título. 

Pablo Lozano, subdirector regional del diario deportivo en Monterrey, concertó la charla en la casa del técnico rayado, así que al anochecer salimos desde San Nicolás, sorteando el tráfico, rumbo al otro lado de la Ciudad.

Llegamos después de la hora pactada, y “Vuce” nos recibió con una llamada de atención por el retraso. Los muebles de la sala estaban adornados con motivos navideños y el rostro de Víctor Manuel no escondía la fatiga. Al ajetreo de las últimas semanas, nos reveló que se añadían las desmañadas (ante la ausencia de la madre de familia) que el técnico rayado tenía que vivir para levantar y atender a su hija menor, para que se fuera a la escuela.

Ya en marcha la entrevista, “Vuce” compartió su intención de ir por el bicampeonato y profundizó sobre los detalles del equipo camino al título.

En una parte de la charla reveló unas palabras que alguna vez le dijo su fallecida esposa Yolanda y que daban luz a lo que representaba para él por fin ser profeta en Monterrey, la tierra que lo había hecho su hijo adoptivo.

“No te han valorado, pero ya llegará el momento”, le expresó en aquel momento su señora.

Era apenas el principio de una era que lo colocaría como el técnico más exitoso en la historia de los Rayados. Vendría un nuevo título de Liga, la participación en la Copa Libertadores, un campeonato  de la Concacaf y el boleto al Mundial de Clubes.

Hoy, con un Monterrey que ha perdido la brújula, “Vuce” se enfrenta de nuevo en su vida a un reto que requerirá de su larga experiencia en estabilizar las emociones y luchar contra la adversidad.

Tras hacer un recuento de la carrera de Vucetich, confirmo que a los hombres los inmortalizan sus victorias, pero su verdadero legado se encuentra en cómo libraron los obstáculos para alcanzar sus objetivos…

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