César Vargas
Siempre me he preguntado por qué un resultado de futbol puede hacer que una persona regrese triste a casa o pase amargado todo el día o toda la semana.
El futbol mueve demasiados sentimientos y es capaz de darnos grandes alegrías o grandes tristezas. No puedo olvidar una de las más grandes tragedias de las que fui testigo en mi andar como reportero.
Sucedió ... la tarde del 12 de junio del 2002, durante la cobertura de la Copa del Mundo Corea-Japón. El escenario, el Estadio Miyagi en la hoy devastada prefectura de Sendai en Japón. Argentina enfrentaba a Suecia en partido de la última fase de grupos y estaba obligada a ganar para asegurar el boleto.
La albiceleste llegaba con la etiqueta de favorito para ganar la Copa del Mundo y el país en medio de una de las peores crisis económicas de todos los tiempos. Para millones de argentinos era la esperanza de respirar una poco de felicidad y de rescatar su maltrecho orgullo de la mano del deporte que les ha dado identidad en el planeta.
Pero Argentina apenas si pudo empatar. Debo reconocer que al silbatazo final y con el cursor de la computadora parpadeando en el palco de prensa, listo para escribir, me quedé unos momentos (no muchos porque desde México la presión era fuerte para mandar la crónica como máximo 15 minutos después de terminado el juego) presenciando una escena que se quedó para siempre en mi memoria.
Los jugadores yacían como soldados en el campo juego, algunos con lágrimas, el técnico Marcelo Bielsa miraba al piso, en la tribuna los aficionados que viajaron hasta oriente estaban destrozados.
Tuve tiempo para mirar a los periodistas argentinos que estaban a mi lado. Inconsolables, sin ganas de oprimir una tecla. Entonces imaginé a los millones de argentinos en casa, que tras la desilusión habían vuelto a sentir sus bolsillos vacíos, pues en resultado les había regresado a la realidad de la bancarrota en que se encontraba su país. Así lo escribí en la crónica que mandé esa tarde.
Seis años antes vi otra escena trágica. Aquella vez en el Estadio Universitario de Monterrey, un mediodía de mayo en que los Tigres descendieron a la Primera A, en el Clásico ante los Rayados.
Los aficionados en la tribuna estaban devastados, muchos con lágrimas escurriendo sobre la cara.
Durante mucho tiempo, incluso hasta el momento de iniciar este artículo, me pregunté si era para tanto y hasta subestimé las emociones de esos aficionados.
Me preguntaba entonces si en realidad se trata de partidos de futbol que no trascienden más allá en nuestras vidas, por qué muchos fanáticos eran capaces de convertir el resultado de un partido en una tragedia personal.
Pero a medida que fueron acomodándose los párrafos, recordé que alguna vez escuché en un video al Premio Nobel Mario Vargas Llosa preguntarse para qué sirve la literatura.
Respondió más o menos así. “Sirve para que el ser humano encuentre en la literatura la vida que no puede vivir en el mundo real”.
Entonces me pregunto: ¿Para qué sirve el futbol? Y me respondo, quizá para descargar las emociones que debemos dejar contenidas en el diario vivir, para olvidarnos por un momento de nuestras desgracias y ser en las tribunas de un estadio las personas que no podemos ser durante el resto del tiempo.
O alcanzar a través de nuestro equipo las hazañas y hasta las derrotas de las que quisiéramos ser protagonistas en nuestro andar por el mundo, y saber que somos alguien y no una estadística en esto llamado sociedad.
Una pregunta más: ¿Para qué sirve el futbol en estos momentos en que la ciudad de Monterrey vive su peor momento en muchísimos años?
Siempre me he preguntado por qué un resultado de futbol puede hacer que una persona regrese triste a casa o pase amargado todo el día o toda la semana.
El futbol mueve demasiados sentimientos y es capaz de darnos grandes alegrías o grandes tristezas. No puedo olvidar una de las más grandes tragedias de las que fui testigo en mi andar como reportero.
Sucedió ... la tarde del 12 de junio del 2002, durante la cobertura de la Copa del Mundo Corea-Japón. El escenario, el Estadio Miyagi en la hoy devastada prefectura de Sendai en Japón. Argentina enfrentaba a Suecia en partido de la última fase de grupos y estaba obligada a ganar para asegurar el boleto.
La albiceleste llegaba con la etiqueta de favorito para ganar la Copa del Mundo y el país en medio de una de las peores crisis económicas de todos los tiempos. Para millones de argentinos era la esperanza de respirar una poco de felicidad y de rescatar su maltrecho orgullo de la mano del deporte que les ha dado identidad en el planeta.
Pero Argentina apenas si pudo empatar. Debo reconocer que al silbatazo final y con el cursor de la computadora parpadeando en el palco de prensa, listo para escribir, me quedé unos momentos (no muchos porque desde México la presión era fuerte para mandar la crónica como máximo 15 minutos después de terminado el juego) presenciando una escena que se quedó para siempre en mi memoria.
Los jugadores yacían como soldados en el campo juego, algunos con lágrimas, el técnico Marcelo Bielsa miraba al piso, en la tribuna los aficionados que viajaron hasta oriente estaban destrozados.
Tuve tiempo para mirar a los periodistas argentinos que estaban a mi lado. Inconsolables, sin ganas de oprimir una tecla. Entonces imaginé a los millones de argentinos en casa, que tras la desilusión habían vuelto a sentir sus bolsillos vacíos, pues en resultado les había regresado a la realidad de la bancarrota en que se encontraba su país. Así lo escribí en la crónica que mandé esa tarde.
Seis años antes vi otra escena trágica. Aquella vez en el Estadio Universitario de Monterrey, un mediodía de mayo en que los Tigres descendieron a la Primera A, en el Clásico ante los Rayados.
Los aficionados en la tribuna estaban devastados, muchos con lágrimas escurriendo sobre la cara.
Durante mucho tiempo, incluso hasta el momento de iniciar este artículo, me pregunté si era para tanto y hasta subestimé las emociones de esos aficionados.
Me preguntaba entonces si en realidad se trata de partidos de futbol que no trascienden más allá en nuestras vidas, por qué muchos fanáticos eran capaces de convertir el resultado de un partido en una tragedia personal.
Pero a medida que fueron acomodándose los párrafos, recordé que alguna vez escuché en un video al Premio Nobel Mario Vargas Llosa preguntarse para qué sirve la literatura.
Respondió más o menos así. “Sirve para que el ser humano encuentre en la literatura la vida que no puede vivir en el mundo real”.
Entonces me pregunto: ¿Para qué sirve el futbol? Y me respondo, quizá para descargar las emociones que debemos dejar contenidas en el diario vivir, para olvidarnos por un momento de nuestras desgracias y ser en las tribunas de un estadio las personas que no podemos ser durante el resto del tiempo.
O alcanzar a través de nuestro equipo las hazañas y hasta las derrotas de las que quisiéramos ser protagonistas en nuestro andar por el mundo, y saber que somos alguien y no una estadística en esto llamado sociedad.
Una pregunta más: ¿Para qué sirve el futbol en estos momentos en que la ciudad de Monterrey vive su peor momento en muchísimos años?
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