Desde el verano del 2002, el 6 de agosto se volvió una fecha especial para mí. Este día se conmemora una aniversario más del lanzamiento de la bomba atómica a Hiroshima y suele venir a mi mente uno de los trabajos más significativos de mi vida periodística.
En medio de la cobertura del Mundial que se realizó ese año en Corea y Japón y tras terminar la fase de grupos, pedí a la japonesa Miyki Seki, quien se desempeñaba como voluntaria para la FIFA, me acompañara a Hiroshima para realizar un reportaje sobre la actualidad de esa ciudad y me ayudara con la traducción de las entrevistas.
Miyuki aceptó con entusiasmo. Tomamos entonces el Shinkansen (medio de transporte al que en occidente se le denomina Tren Bala) y emprendimos el viaje de cuatro horas y media.
Tres semanas extenuantes de cobertura y de hablar de futbol todo el día y casi toda la noche, tomaron un respiro. Durante el trayecto, pensé que sería difícil localizar a personas que quisieran hablar de la bomba y los efectos de la radiación, y hacer todo, además, en un solo día.
Pero resultó totalmente distinto. Nos encontramos en la plaza conmemorativa del acontecimiento a mucha gente de edad avanzada dispuesta a hablar de sus recuerdos, pues en Hiroshima casi todo gira en torno al lanzamiento de la bomba atómica.
Desde que leí por primera vez del suceso que marcó el final de la Segunda Guerra Mundial, y de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, se convirtió en una parte de la historia que siempre me causó mucha curiosidad. Así que ese viaje representó una especie de meta cumplida y también de un gran de aprendizaje acerca de cómo se puede seguir adelante sin sentir rencor (o dejarse dominar por él) hacia las personas que nos hicieron un daño significativo.
Al caer la noche, Miyuki y yo viajamos de regreso a Tokio, contentos y emocionados, a seguir con las labores que en ese momento era cotidianas en la Copa del Mundo 2002.
En el camino, Miyuki me agradeció con sinceridad la oportunidad de poder establecer un diálogo con los sobrevivientes de la bomba (sin sentir que estaba invadiendo su privacidad) y realizar preguntas que no se hubiera atrevido a hacer si no hubiera sido con el pretexto de un interés periodístico.
Aquí el reportaje que semanas después se publicó en la sección Internacional de El Norte y que fue resultado de aquel día inolvidable:
Hiroshima: Buscan reflexión, más que venganza
Por
César Vargas
(06-Ago-2002).-
EL NORTE / Enviado
Quizá después de aquel 11 de septiembre en que un atentado derrumbó a las Torres Gemelas, los estadounidenses comprendan por qué sus ojos se vuelven mares de aguas saladas, por qué Hiraaki Hayashi no parece estar viendo lo mismo que los demás...
Por qué al recordar no atiende al aire humedecido por las últimas lluvias y a la alegría de los jóvenes en bicicleta, por qué su generación no recuerda la infancia como una etapa inocente y cándida.
"Hay árboles verdes, pero viven con la bomba atómica y con el cuerpo de alguien, porque muchas personas murieron", dice a través de una intérprete japonesa.
Si estuviera en México, quizá estaría rodeado de manifestantes agitando pancartas y entonando con fuerza el grito de "Hiroshima, 6 de agosto no se olvida". Pero el japonés en general parece empeñado en cerrar las heridas más con la reflexión que con la venganza.
Maestro de escuela como profesión, está sentado en una banca de la plaza en Memoria de la Paz, cerca de donde un 6 de agosto de 1945 el mundo se estremeció por la primera bomba atómica que lanzó Estados Unidos.
"Ellos (Estados Unidos) fueron a otros países, por ejemplo, a la Segunda Guerra Mundial, Vietnam, y no tenían lastimados en su país. El 11 de septiembre no era una guerra, pero deben darse cuenta de que tienen que cambiar su manera de pensar, porque no es bueno pensar sólo en ellos y no preocuparse por las personas de otros países", dice.
La escenografía atestigua que su relato no es ninguna historia fantástica. A unos metros, una exposición de fotografías refresca las imágenes crudas de la tragedia, y más allá, las ruinas del Edificio de Promoción Industrial de Hiroshima no permiten lugar al olvido. La estructura ha permanecido intacta para que la humanidad siempre tenga en cuenta esa lección.
"Este trágico hecho ha sido conocido por generaciones, ha sido una lección para toda la humanidad. Estas ruinas serán conservadas para siempre", se lee en una placa.
A unos metros de ahí, otra placa señala el lugar exacto de la tragedia. Sobre ese punto, a una altura de 580 metros, estalló la primera bomba atómica que Estados Unidos lanzó sobre territorio japonés.
Esa mañana, cuando el B-29 de la armada estadounidense, denominado Enola Gay, se acercaba a su objetivo, Hiraaki soportaba el castigo de su madre de no salir de casa hasta acabarse el arroz que desayunaba. Tenía cinco años y acaba de pelear con sus dos hermanas menores.
Décadas después de la tragedia, parecen haberse borrado las huellas de la bomba en las calles de Hiroshima, pero bastan algunos pasos y otras tantas preguntas, para toparse de frente con el rostro de la catástrofe. Hombres viejos, ahí sentados, como si esperaran que uno llegara para comenzar a contar sus historias.
A la sombra de un árbol, Toshiyo Kawamoto rememora aquellos días. Tenía 22 años y trabajaba para el Ejército japonés en Siberia. Dos meses antes tuvo información privilegiada, pues sus funciones incluían rastrear toda la información generada por los estadounidenses.
Una vez mostrada su inminente superioridad, Estados Unidos había exigido la rendición a los japoneses, que se negaban reiteradamente a ello. Hasta que los americanos optaron por detonar la más mortal de las bombas conocidas hasta entonces.
Kawamoto tuvo la información en sus manos, pero le era imposible comunicarlo, porque el único contacto que tenía con su familia era a través de cartas que eran abiertas antes de ser enviadas. No pudo evitar que su abuela, quien vivía a unas cuadras de la explosión, falleciera, él, sin embargo, piensa que la bomba era necesaria.
"Si la guerra hubiera continuado, hubiera muerto mucho más gente", expresa.
Cuando el Enola Gay dejó caer la bomba, denominada "Litlle Boy", eran las 8:15, hora que quedó marcada para siempre en el reloj de Kengo Kikawa, cuyo hijo Kazuo lo donó al Museo en Memoria de la Paz, que está erigido en esta ciudad.
Noriaki era un estudiante de secundaria, que esa mañana trabajaba a 600 metros de donde cayó la bomba. Tras el destello que cegó la ciudad, sufrió quemaduras en todo el cuerpo, sus amigos le ayudaron a llegar hasta su casa, pero murió al día siguiente. Una de sus uñas permanece en el museo.
Tsutomu Nakayama es otro de los hombres que se encuentran sentados en una banca, a la orilla del río Motoyasu, cuyas aguas ardían aquel día. Entonces tenía dos años, pero estaba en una isla cercana, a donde sus padres lo habían llevado buscando evitar algún ataque a Hiroshima. La tragedia, sin embargo, lo tocó, porque murieron 28 personas de su familia.
Hiroshi Koge está sentado en el pasto y ha estacionado su bicicleta a un lado. Recuerda que él vivía a 70 kilómetros de Hiroshima, esa mañana vio cómo el enorme hongo de humo se alzaba sobre la ciudad y horas después ayudó a los heridos que llevaron hasta la fábrica donde trabajaba.
Pero Hiraaki sigue su relato. A diferencia de los otros entrevistados, no parece olvidar la acción de los estadounidenses, sobre todo, porque su padre, que era dentista y padeció toda su vida los efectos de la radiación, murió a los 79 años, vencido finalmente por el cáncer en la sangre.
"Como yo era un niño sentía mucho orgullo que pasara por mi padre a la casa un auto muy bonito de Estados Unidos, para llevarlo al hospital, pero él ya no quiso ir porque se dio cuenta que Estados Unidos no lo estaba haciendo para curar a la gente, sino para estudiar los efectos de la bomba atómica sobre los cuerpos", dice.
Aquella inocencia infantil quizá le permitió a Hiraaki sufrir menos en medio de la tragedia.
"Como yo sólo era un niño, no pensaba que fuera algo triste, creía que era algo divertido", dice.
Hoy, 57 años después de la explosión que estremeció al mundo, Hiroshima ha resurgido, sus árboles crecen saludables sobre una tierra que los expertos habían condenado a la infertilidad durante los siguientes 75 años.
Todo Japón es otro, es una de las economías más fuertes del mundo, a pesar de estar en crisis; para llegar hasta Hiroshima uno puede hacerlo a bordo del moderno Tren Bala, como se le llama en occidente, a una velocidad de 264 kilómetros por hora y un tiempo de 4 horas y media desde Tokio.
Aquí en todo momento se recuerda la catástrofe, a través del museo y hasta de souvenirs, pero el aire desenfadado de los jóvenes invita a una pregunta: ¿Han aprendido la lección las nuevas generaciones en todo el mundo?
Hiraaki tiene una respuesta:
"Japón no está pensando en nada de eso, porque aquí se vive muy tranquilo, pensamos que no va a pasar nada, los jóvenes no piensan en eso, porque no conocen la guerra ni la pobreza", dice.
Hiraaki piensa que Estados Unidos debe hacer algo por cambiar al mundo.
"Estados Unidos tiene mucha fuerza en el mundo, mucha influencia, entonces por qué no va a hacer algo por la paz", expresa.
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