Se retira un jugador que alcanzó tres campeonatos de Liga con el Monterrey y disputó la misma cantidad de Copas del Mundo.
El Kabrito llenó su palmarés de logros, pero hizo mucho más, algo igual o más de difícil, se acercó estrechamente a las sensaciones del futbolista amateur, ese que en el barrio goza de la magia de un quiebre, un sombrerito o una jugada de tacón, y que el fin de semana acude al estadio a gritar por los colores de su equipo.
César Vargas
El retiro de Jesús Arellano es también un adiós a algo de la alegría, de la magia y el compromiso con una causa, que nos regaló, valores que cada vez aparecen menos, no sólo en el futbol, sino en la vida cotidiana. Es el adiós de un personaje surgido del barrio y cuyo juego se acercó estrechamente a las sensaciones del futbolista amateur que acude de cuando en cuando a disputar alguna cascarita con los amigos o de aquel que sueña con ser profesional.
Responder a la pregunta de por qué Chuy logró tal identificación con la afición, no necesita demasiadas explicaciones, basta recordar los amagues, los quiebres, los driblings y aquellas internadas en diagonal hacia el centro con las que obtuvo pasaporte a la inmortalidad, también su identidad moldeada en el sector amateur, entre los llanos, el pavimento y la necesidad, y la fidelidad a los colores albiazules.
Por encima del eterno debate acerca de qué debe importar más, el resultado o el cómo se juegue, aparece la figura del Kabrito, apodo muy bien puesto por un comentarista de televisión.
En cada partido, Arellano nos remitió al sentimiento con el que cualquiera de nosotros, simples mortales del futbol amateur, asistimos a las cascaritas en la plaza, y de las que regresamos a casa embriagados por la magia de haber hecho algún buen quiebre, un sobrerito o un tacón, repitiendo una y otra vez mentalmente la jugada.
La primera vez que vi jugar a Arellano fue en el lejano 1991. El escenario era el Estadio Tecnológico y vestía la playera de los Vaqueros de Nuevo León, del “Charro” José Barragán, en un partido de la Tercera División.
Esa tarde enfrentaban a un equipo de Zacatecas, el equipo Vaqueros ganó con un implacable 7-1, y Arellano tuvo un papel importantísimo. Anotó uno de los goles, ingresando al área por la banda derecha, y por el futbol que mostró en los partidos siguientes y por los comentarios que escuché después entre la poquísima gente (la mayoría familiares y amigos) que asistía a los partidos, era obvio que Jesús tenía ya cierta fama y que le esperaba un futuro prometedor en el futbol profesional.
Nadie duda de que Arellano ha sido el jugador más rayado de la historia, pero en su alma futbolística cohabitan los colores de los Leones Negros de la Indeco, el equipo de su infancia.
Si las licenciaturas se estudian en las aulas, los oficios se aprenden en la selva de la calle. Las aulas te dan los métodos, las técnicas, las estrategias, pero la calle descubre la inventiva, la malicia, la improvisación, los trucos, ahí es donde despierta la inspiración y se encuentran las excepciones a las reglas.
Y si Jesús Arellano se licenció como futbolista en la camiseta de Vaqueros y se doctoró en las canchas de El Cerrito, fue con la playera de los Leones Negros donde se encontró con el oficio y comenzó su amistad con el balón, practicando en el pavimento y en los campos amateur, allí donde el polvo se levanta en medio de las patadas de los jugadores.
“El hincha que se convirtió en jugador”, resumió en Facebook Sahid Hernández, reportero de Récord, al hacer una breve remembranza del jugador. El hincha-jugador fue un concepto que encontró una de sus máximas expresiones aquella noche de junio del 2003 en el Estadio Morelos, cuando con la investidura de capitán, sus pasos rumbo al estrado pusieron fin a una sequía de 17 años para los Rayados, sin levantar una copa de campeón de Liga.
A diferencia de sus compañeros que portaban las playeras blancas con la leyenda de campeón, Arellano recibió la Copa y lo hizo de la manera más genuina, vistiendo la playera de juego azul y blanco, la misma con la que acostumbraba calentar antes de los partidos, en vez de la tradicional casaca.
La larga permanencia de Chuy en los Rayados le permitió colocarse, con más de 400 partidos de Liga disputados, sólo debajo de su gran mentor, Magdaleno Cano, lo que significa una fidelidad a los colores muy pocas veces vista en los tiempos actuales. El Monterrey, equipo que le debutó en la Primera División, le ve también despedirse de las canchas (con un breve, pero también importante paso por el Guadalajara, equipo con el que consiguió con subcampeonato).
La ovación que Arellano recibió una noche, en una de las ceremonias de inauguración de los Rayados en el Tec, quizá nunca se haya visto en la casa rayada. Duró un largo momento y debe estar retumbando aún en el alma del jugador y de muchos de los que asistieron ese día.
A Arellano si acaso se le podría reprochar no haber tenido una mejor definición ante el arco ni haber probado fortuna en Europa, de donde llegaron ofrecimientos del Zaragoza; de España, y del Chievo Verona, de Italia, en cambio prefirió quedarse al pie del Cerro de la Silla, fincando su leyenda.
Su relación con la prensa fue distante en una gran parte de su carrera, alguna vez el jugador se sintió traicionado y eso influyó para que dosificara demasiado sus declaraciones. Ante las cámaras de televisión nunca se sintió cómodo. Y si algunas veces el impulso le metió en problemas fuera o dentro de las canchas por situaciones que sintió injustas (como en la amenaza de inhabilitarlo de parte de la FMF si no retiraba una demanda contra Chivas por incumpliendo de un pago por su transferencia a Rayados, o respondiendo a una agresión de un rival en un partido de Eliminatoria, que casi le cuesta los primeros dos partidos de un Mundial), siempre le motivaban los partidos difíciles.
Arellano fue un jugador resistente físicamente, no se le recuerda fingiendo faltas o tirándose clavados. Recibió, eso sí, patadas, pero nunca se arrugaba. Los médicos siempre lo describieron como un jugador con un umbral del dolor muy alto, es decir, que soportaba mucho los golpes.
A diferencia de otros jugadores que se achaparran en los momentos cruciales, Chuy se agigantaba en los partidos de gran envergadura. Quedan para la posteridad su aparición en el Mundial de Francia 98, en los Clásicos de visitante en el Universitario y su liderazgo en el equipo durante la época dorada del Monterrey.
La vida es de instantes, y Chuy grabó en la pupila del futbol regio nacional algunas postales que son representativas de una época, algo así como el festejo del italiano Marco Tardelli, en la Final de España 82 ante Alemania.
Quedará para siempre grabada la imagen en la mente de los aficionados de aquel gol que le hizo a Ángel Comizzo, en una internada por la banda derecha en el Tec, donde se llevó a todos hasta la línea de meta y venció al portero con una estupenda finta.
También aquel gol para el 4-1 en el Clásico de la Semifinal ante Tigres, los festejos eufóricos de sus anotaciones en la casa de su acérrimo rival, el Estadio Universitario, y por supuesto, aquella escapada desde media cancha ante Alemania, en el Mundial de Francia 98, que terminó con un tiro al poste.
Por encima de ese eterno debate acerca de qué importa más, los resultados o la manera de jugar, Arellano no quiso quedarse sólo en el romantisismo y perfeccionismo sin títulos de la Holanda de los años 70 ó de la alegre pasión sin campeonatos del Toros Neza en México, sino que nutrió su carrera con trofeos.
En números, Chuy es el único jugador nacido en Monterrey y de los pocos en la historia del futbol mexicano en disputar tres Copas del Mundo, y es junto con Luis Pérez, el único con tres títulos de Liga vistiendo la playera de los Rayados.
-¿Cómo te defines como jugador?, se le preguntó a Jesús Arellano hace tiempo al cumplir 15 años de su debut en Primera División.
“Yo me veo como simplemente “Chuy”, como un jugador que nació del barrio, que le gustó el futbol y que llegó a la Primera División, nada más”, resumió.
¿Cuánto tiempo pasará antes de que surja otro Jesús Arellano? No es fácil reunir tantas cualidades y circunstancias en un jugador como para considerarlo un emblema. Sin embargo, por las calles de la Ciudad, un nuevo club infantil llamado Leones Negros, auspiciado por el mismo ahora ex capitán rayado, busca formar figuras, y un niño llamado también Jesús Arellano al menos ya evoca en sus jugadas, los atributos de su padre.
El legado del Kabrito y en general de la época dorada que viven los Rayados, va más allá de las estrellas que se han bordado en la playera, es un reguero de inspiración entre los fanáticos y, claro, entre los jóvenes que buscan ser futbolistas. ¿Cuál es el balance de ese otro legado? En algunos años se sabrá.
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