Cuando bajó del camión aquella Noche Buena, no me impresionaron tanto ni la tristeza infinita de sus ojos, ni la dureza inmutable de su rostro.
Elisa Acosta iba aferrada al brazo de su madre, pero sobre todo a una pelota bofa, que defendió a mordidas cuando su tío, que las esperaba en el andén, intentó cambiársela por una muñeca de trapo, de vestido azul turquesa y trenzas de indígena.
Los ojos cristalinos de la niña se tornaron en el rojo ardiente del demonio y fue necesario sedarla para separarla de la carne viva en que convirtió el brazo de Seferino Acosta.
Tenía Elisa entonces 10 años de edad. Yo también era un niño y lo vi todo, dormía esa noche en uno de los rincones de la Central de Autobuses.
Yo también tenía una pelota bofa y el episodio sucedió mientras esperaba ver a Santa Clos iluminar aquella cerrada noche con su trineo y sus renos, a través de los rieles olvidados que venían de la Estación del Golfo.
En cambio, en aquel espectáculo de tejabanes y silbatos de fábricas incipientes, apareció ella para siempre.
La pelota bofa y una firma estampada era lo que quedaba de aquella tarde en que su padre murió aplastado entre los pies de la multitud enardecida porque el Atlético Santa Cruz fue humillado por el Bachilleres en su natal Campeche.
Elisa tenía cinco años menos y jugueteaba en la tribuna con la pelota de futbol, que su padre, Ezequiel Acosta, le había regalado la Navidad anterior con el sueño de verla consagrarse algún día en la Selección Femenil de México, a falta de hijos varones.
La tragedia comenzó cuando el Bachilleres anotó el quinto gol y la barra local intentó meterse a la cancha para defender el honor del Santa Cruz, la marea humana comenzó a asfixiar a los que estaban cerca del enrejado y a pisarlos, como a Ezequiel, la niña se salvó pasando de mano a mano entre los buenos samaritanos que la sacaron del peligro con su pelota aferrada al pecho.
Como consuelo, el día del funeral, el legendario goleador Luis "Nutria" Ortiz le estampó la firma en la pelota, que, como el eterno estado atónito y melancólico de su rostro, la acompañó a medida que el tiempo iba borrando la tinta y vaciando el fresco aire, dejando a la redonda haciendo pucheros y con un olor a putrefacción en el vientre.
Elisa y su madre, Esthela Vigil, se instalaron con sus tíos por el barrio de la Industrial, pegado a la Central Camionera, y pronto la niña de la pelota bofa creció entre los campos de la colonia Asarco, donde empezó a tocar el balón de tres dedos y a hacer realidad el sueño de su padre de jugar al futbol.
Sólo en la cancha la niña perdió el rostro incómodo y la mirada herida, sólo en el campo de juego se separó de aquella pelota bofa que le aguardaba en el morral. Pocos le oyeron hablar alguna vez.
Pronto el desafío de las demás niñas le quedó corto a la inspiración de su juego y a la potencia de sus piernas, por lo que buscó nuevos derroteros en los partidos de los niños, quienes la veían con esa mezcla de desdén y temor por el escarnio público al que podían ser sometidos por un dribling de Elisa.
Ya hecha Elisa una adolescente, doña Esthela se opuso a que siguiera compartiendo el juego con los muchachos, como se había opuesto aquella tarde a que Ezequiel y su niña fueran al estadio Don Bosco a ver el partido del Santa Cruz, en medio de los rufianes de la barra.
Un día Elisa no volvió al campo ni se le vio jamás por la colonia... nunca supimos a dónde fueron ella y su pelota.
Cuando voy por la calle y veo una pelota desinflada o partida en gajos, me acuerdo de ella, volteo a mi alrededor por si acaso anda por ahí, con sus ojos cristalinos y la dureza imperturbable de su rostro.
Por eso, en esta Navidad, quiero regalarles ésta mi pelota bofa, que dormía conmigo aquella Noche Buena en que vi a Elisa bajar del autobús de la mano de su madre y que al paso de los años perdió algo más que al aire, pero nunca la inocencia.
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